Han pasado 10 años desde aquel deshuesado aquelarre que ocupó la Plaza de Sol de Madrid. Hoy tan sólo quedan unos cientos de nostálgicos del porro y el churre, porque de ideología y propósitos no queda más que decepción, frustración, desencanto y desgana.
Los ideólogos de aquella revuelta, entonces simples ciudadanos, ahora forman parte de una casta hipócrita y enriquecida que se sienta en el Consejo de Ministros y vive en mansiones burguesas; pero lo más notable del devenir de aquel movimiento es que, convertido en partido político, se ha desangrado y ahogado en sus propias falacias y se ha subdividido hasta convertirse en grupúsculos inoperantes con guerras fraticidas que tan sólo buscan una posición de poder para beneficio propio.
La imagen de un Pablo Iglesias desmoñado como de un Sansón humillado por una Dalila en la figura de Ayuso, no es más que la representación del fracaso rotundo de un ideario que, poco a poco, se ha revelado como la mentira más grande que ha mancillado los principios democráticos desde 1978.
Hoy sólo quedan los despojos de aquel movimiento que pretendió a lo Lenin “tomar el cielo por asalto”; se han desvelado con prístina claridad las verdaderas intenciones de aquellos que manipularon el malestar popular para hacérselo suyo y controlarlo en pos de la consecución de niveles de poder.
La pregunta es: ¿Qué hacen hoy esos cientos de nostálgicos en Sol?; la respuesta es: ¡EL RIDÍCULO!.
Ismael Eguren
viñeta de Linda Galmor