1982

Antes de que se pusiera de moda hablar del cerebro emocional de los ciudadanos, el difunto Giovanni Sartori ya alertaba sobre la brecha entre el votante ideal y el votante real: entre quien sopesa las opciones en juego sin ataduras ideológicas y quien se ata al mástil de sus creencias así que canten mil sirenas pragmáticas. Decía el italiano que los votantes se orientan por las «imágenes» asociadas a cada partido, como los ídolos descritos por Francis Bacon en los albores de la modernidad. Y que por eso los partidos explotan unas “mitologías electorales” a las que vuelven de manera recurrente.

Se diría que el PSOE de Pedro Sánchez está empeñado en demostrar la validez de esa tesis. Tras unos años en los que la crisis catalana ha exigido al partido entenderse con el centroderecha, los estrategas del partido han regresado a su mitología electoral predilecta: la apoteosis democrática de 1982. Funciona ésta en la memoria colectiva de los españoles como una auténtica parusía que interrumpe el tiempo ordinario y funda un nuevo orden: regreso de la izquierda al poder, cierre simbólico de una transición exitosa, impulso modernizador y casi pop. Todo eso y más fue aquel año de 1982 que continúa ejerciendo un callado influjo sobre el presente.

Es por eso comprensible que, en circunstancias muy distintas, el Gobierno regrese a esa leyenda fundacional. Se trata de llegar bien situado a la próxima cita electoral: de ahí la prioridad otorgada al franquismo o la identificación de la agenda feminista como nuevo programa de máximos de la modernidad. Quien más claramente ha dejado traslucir esa inflexión narrativa ha sido la vicepresidenta Carmen Calvo, quien con motivo del Día del Orgullo Gay afirmó que su Gobierno “ha vuelto a sacar los colores a un país que estaba en blanco y negro”.

La mitología se hace explícita: el socialismo como redentor cíclico de una sociedad atravesada por corrientes oscurantistas. Ese sentido de misión explica también el empeño por repoblar las instituciones, de Correos al Cervantes, en nombre de la regeneración democrática.

Está por ver si los votantes pueden todavía entusiasmarse con este relato. Se trata de un mesianismo de segundo orden, detrás del cual no están los 202 diputados de cuando entonces sino apenas 84: un decir más que un hacer. Pero cada uno juega las cartas que tiene o cree tener. Y ahora que el PP elige líder antes de las vacaciones, de hecho, cabe preguntarse qué mitologías electorales van a oponer los demás.

Manuel Arias Maldonado ( El Mundo )

viñeta de Linda Galmor