España es un gran país gobernado por discapacitados, y a pesar de eso sobrevivimos en un marasmo de contradicciones porque están más interesados en hacer una revolución hacia el pasado que en mejorar el presente y construir el futuro.

Por supuesto que no se olvidan de lo suyo y practican el deporte de los excesos con una cierta sensación de impunidad porque no sienten ninguna mala conciencia cada vez que se pasan por el escroto las normas de funcionamiento de las Instituciones, algunas leyes e incluso la propia Constitución que hoy cumple 43 años.

En condiciones normales una sociedad plural festejaría la Constitución democrática de su país, pero una legión de ignorantes, animados por una patulea de parásitos bien pagados se han asociado para subirse a la nave del tiempo y recuperar las peores pesadillas de nuestra historia.

Algún día los hijos de nuestros nietos leerán libros escritos desde el extranjero, en los que sus autores describirán cómo fue esta época, felizmente superada por entonces, en la que un gran pueblo padeció la pandemia del coronavirus y la epidemia de la estupidez integral que les llevo a no exigirles a la clase política de entonces a cumplir la única norma que nos ayudó a convivir en paz y progreso durante varias décadas.

Me cuesta trabajo ser optimista porque cuando a un gobierno le resulta gratis delinquir es porque un amplio sector de la sociedad se lo consiente, y en mi opinión no existe delito más intolerable que robar los derechos constitucionales y la libertad de los ciudadanos.

Mientras celebramos la Constitución democrática del 78, Rodríguez Zapatero, el hombre que se susurra ideas a Pedro Sánchez para que se lleve cada día mejor con Bildu y los independentistas catalanes, participa en Jalisco como ponente con el Grupo de Puebla, en un nuevo esfuerzo por blanquear las dictaduras de Cuba, Venezuela y Nicaragua.  

Gracias a estos lumbreras de impecable pedigrí populista, hemos dejado de ser un referente en Latinoamérica por nuestra Constituían moderna y aprobada por consenso para convertirnos en un país que quiere reeditar su peor pasado.

Diego Armario