78 BIS

Nunca he sentido más vergüenza de ser español que en el circo del Congreso el miércoles. ¡Qué petulancia, ignorancia, aburrimiento! ¿Cómo puede preguntarse por «el compromiso con la verdad»? (¿Se esperaba, acaso, la respuesta «ninguno») ni acusar de generar odio cuando uno lo transpira.

El «¡Y tú más!» planeó como un buitre sobre el debate, si debate puede llamarse a aquel intercambio de insultos, que no llevaban a ninguna parte, como las trifulcas entre chiquillos. Menos mal que esta vez no salieron a relucir los padres y las madres, pero sí acusaciones mutuas de golpismo.

Si se salvó la renta mínima fue porque nadie quería cargar con el muchuelo de ignorar a quienes no tienen ya para comer, sino para tabaco que, según Camba es, o era, la primera necesidad de los españoles. Todo esto mientras el Banco de España predice que el PIB caerá un 15% de rebrotar la pandemia, y la OCDE, que el nuestro será el país desarrollado que más sufra.

Sin que el Gobierno diga cómo va a pagar todos los gastos extra y la deuda acumulada. Da a entender que, con el dinero europeo. Pero ese dinero llegará el año que viene y eso si presenta las cuentas en regla y el presupuesto aún por pasar.

En medio de esta auténtica ciénaga, una flor. Una verdad, Se le escapó al ministro de Justicia, Juan José Campos: «España se halla en una crisis constituyente», palabras mayores, sobre todo en labios un ministro, y encima juez, al admitir lo que muchos sospechamos: que este Gobierno está envuelto en un proceso similar al de la Transición para cambiar el régimen desde dentro.

Un golpe de Estado «blando», «de la ley a la ley» -según su diseñador, Torcuato Fernández Miranda-, pero en sentido opuesto al de entonces. El «consenso» unió a las distintas fuerzas políticas para convertir un Estado autoritario en una democracia.

Al no existir hoy tal espíritu, un gobierno de izquierdas, apoyado por los nacionalismos, regionalismos y antisistema, han llevado al poder a un señor sólo interesado en eternizarse en él. El Covid-19 ha venido en su ayuda para gobernar por decreto.

Que derecha e izquierda hayan caído en manos de quienes confunden política con publicidad, gobernar, con engañar y el bien propio, con el común, ha facilitado la reversión de un proceso que mereció la admiración del mundo.

Son, de todas formas, lo bastante astutos para darse cuenta de que van contra la historia y la razón, por lo que sólo pueden imponerse si desmontan las instituciones democráticas, y su afán se centra en subvertirlas.

Los partidos son ya grupos de intereses particulares. Van ahora a por la Justicia, que intentan convertir en instrumento del Ejecutivo, como ya lo es el legislativo. También las policías autonómicas y, en parte, la nacional.

Les queda la Guardia Civil. Por ella van. El último bastión es la Monarquía, símbolo de la unidad de España. Pero hoy no se halla en crisis constituyente. La única Constitución es la del 78. Y lo seguirá siendo mientras lo queramos la mayoría de los españoles.

José  María Carrascal (ABC )