A FALTA DE MEDIOS SANITARIOS, CENSURA

España supera ya a China en número de muertes causadas por el coronavirus, sin que el Gobierno logre atajar el alcance de la epidemia. Se dotó a sí mismo de plenos poderes con el fin de tener las manos libres, pero esa anormalidad democrática únicamente ha servido para entorpecer la labor de las comunidades autónomas en la gestión de sus sistemas sanitarios y provocar, en el peor momento, el colapso del mercado que nos abastece de unos suministros más necesarios que nunca.

El responsable de Sanidad, Salvador Illa, es un socialista catalán con formación de filósofo y experiencia municipal, que carece del más mínimo conocimiento relacionado con el complejo mundo que debe administrar y se ha revelado absolutamente incapaz de hacer frente a una catástrofe como la que nos aflige. A pesar de ello, Pedro Sánchez lo mantiene en su puesto, no sabemos si por falta de banquillo o sencillamente con el fin de cubrir la célebre «cuota catalana» de su Gobierno.

Sea como fuere, constituye un desafío a la paciencia ciudadana verlo comparecer en nuestros televisores cariacontecido, flanqueado por un Fernando Simón igualmente sobrepasado por los acontecimientos, para echar balones fuera, contar mentiras o medias verdades y tratar de justificar lo injustificable.

A falta de medios, soluciones, iniciativas útiles o esperanza fundada, Illa y el resto de este gabinete incapaz se escudan en la censura, con un desprecio total a las reglas de juego que han de regir en una nación respetuosa de las libertades.

El maltrato a los periodistas dignos de ese nombre; es decir, incómodos para el gobernante, solo es superado por el que sufren los profesionales de la Sanidad, que los tribunales habrán de juzgar cuando pase lo peor de esta pandemia.

Digo bien los tribunales, porque lo que están soportando médicos, enfermeros y demás personal desplegado en primera línea de batalla contra este virus asesino traspasa los límites de lo aceptable. Los mandan a luchar sin los medios de protección adecuados, en jornadas agotadoras, y con el escarnio añadido de oír decir a los portavoces oficiales de esta crisis que tienen todo lo que necesitan, aunque pronto llegará más material.

Un «pronto» que no termina de concretarse, mientras ellos van cayendo, uno a uno, hasta superar los cinco mil, en un porcentaje abrumador que nos sitúa, una vez más, a la cabeza del mundo en este ranking de la vergüenza. Y aún tienen algunos la desfachatez de decir que se han contagiado yendo a visitar a la familia.

¡Qué asco y qué vileza! Si no fuera por el altísimo grado de compromiso característico de estas personas, por su encomiable vocación y su valentía, habrían protagonizado ya un plante perfectamente comprensible. Porque por mucho que les aplaudamos, lo que precisan son guantes, mascarillas, batas, respiradores y demás elementos imprescindibles para el combate.

El Gobierno que debería proporcionárselos ha fracasado estrepitosamente en el empeño y ni siquiera ha establecido unos criterios unificados para que todo ese material pueda fabricarse aquí, aprovechando los recursos disponibles.

Lo que sí funciona perfectamente en La Moncloa es el control de la información. El secretario del ramo ejerce a plena satisfacción su labor de cancerbero, filtrando meticulosamente las preguntas que en cada rueda de prensa llegan hasta el compareciente de turno y las que se quedan por el camino, en una labor de criba indigna de una democracia y que ningún país occidental se atrevería a poner en práctica, tal como subrayaban en estas páginas los corresponsales de ABC.

La verdad no nos curaría, pero al menos nos haría libres.

Isabel San Sebastian ( ABC )