En medio de la noche y de la prensa, veo tu última foto, Majestad, helada por el frío del desierto, observo tus dos metros sostenidos por dos manos anónimas y tristes. Son manos ajenas, muy lejanas, son manos del destierro y del olvido. Vuelve pronto, Majestad. Tú vuelve. Te odiarán, nos odiarán, nos odian.

Te imagino en mi infancia sonriendo, llamando a la casa de Delibes, hablándole de nietos y de libros. Te recuerdo orgulloso en Barcelona, asombrándole al mundo aquel verano. Yo aún me emociono si lo veo, y creo que les pasa a otros tantos. Tocamos este cielo con las manos. Dejamos en la historia y en las nubes la marca de las huellas dactilares.

Ahora quieres volver a nuestra tierra, la que huele a jazmín y a garrotazos, la España de la vida y de la muerte. Vuelve pronto, Majestad. Tú vuelve. Pondremos las sordinas a los necios, que no tapen con su odio la alegría. Te quieren ver morir en el exilio, te quieren ver llegar en una caja, envuelto en la bandera que desprecian. Y entonces rasgarán las vestiduras, girarán su cabeza hacia la nada.

Y dirán: «mirad, ahí va un hombre bueno». Callarán los enfermos de vergüenza. Y habrá ganado así la España negra, la España del rencor y de la envidia, la España del horror y del desprecio, rota como el final de un lunes triste. No importa, da igual. Ya da igual todo.

Pero hay otra España dentro de España, una matrioska llena de alegría que no quiere olvidar de donde viene. Has de pasear Madrid con tus bastones y caminar en mayo hacia el albero. Te aplaudieron, te aplaudirán, te aplauden. Vuelve pronto, Majestad. Tú vuelve.

Se romperán las manos los abriles y en cada calle un hombre agradecido recordará a sus nietos lo que hiciste. Lo del golpe, la paz, la democracia. Lo de la transición y la reforma. La manera que tenías de sonreír o dar la mano al último paisano. Cómo el mundo, al fin, nos respetaba. Nunca se vio un mejor embajador. Pero de eso hace ya muchos veranos.

Te quisiste ir, te ibas, te fuiste a un pueblo muy lejano y petrolero. No digo que esté mal esa piscina ni que falten el afecto o el respeto. Pero tus últimos días has de vivir mirando las heladas de este marzo, y ver que viene y va la primavera, o soñar que mereces el verano.

Haz la maleta, elígete un bastón, arruina su concurso de epitafios. Los que te quieren, te quisieron ayer. Los que te odian hoy, te odiarán mañana. El final de esta historia no está escrito y no puede acabar con un olvido. Si así pasara un día, de repente, y España se enterara que te has ido, lloraría sus penas y sus culpas por no haber sabido gritar a tiempo, por no hacer oídos sordos a los necios.

Vuelve pronto, Majestad. Tú vuelve. Te abrazarán, te aplaudirán, te extrañan. Es hora de acabar con la distancia y escuchar el estruendo cariñoso de un país que agradece tus esfuerzos. Disculpa el tuteo y la insistencia, pero alguien debería recordarlo: vuelve pronto, Majestad. Tú vuelve. Que el olvido no gane la partida.

Que la historia no muera en el silencio.

José F. Pelaez ( ABC )