«Cuando quiero llorar no lloro y a veces lloro sin querer». La risa y el llanto son consustanciales al pueblo español. Los extremos son el eje de su vida. Si va a llorar, o a reír, ¿para qué se va a molestar en hacer lo contrario? Para Dostoievski, sufrir y llorar es vivir; tener conciencia de que se vive.

Para Larra, escribir es llorar, aunque él se refería a España, pero la valiosa afirmación nos dice que el que lleva una vida feliz, no la escribe, si no que la vive. Se escribe como se vive, contemplando el tiempo pasar, desde que el estilo es el hombre. Los españoles se quieren tanto como se odian y oscilan en los extremos de la exageración, conforme sople el viento.

Poco a poco se fueron perdiendo las santas y buenas costumbres. Como aquella de velar al muerto en su casa la noche antes de enterrarle. Nunca jamás se podía uno reír más que en un velatorio. Si no se podía reír a la vista, como parece natural, el problema venía al reventar de la risa, por tanto aguantarla. De eso viene el morir de risa.

Y no es mala muerte, pues se decía: Dios nos dé poco mal y buena muerte. Y se repetía en el canto del Calvario, «Danos Señor buena muerte». En los velatorios se organizaron las mayores fiestas, así como privadas, precisamente por eso, porque no se podían hacer, y al final eran públicas.

La contradicción humana. Algunas mujeres se ponían a llorar, o a reír, tan escandalosamente, que no se sabía si hacían lo contrario. A lo mejor era que las dos cosas valían. Lo peor era no tener vela en el entierro. Y eso, sí, algunos se quedaban fuera con mucha pena, viviendo el duelo como Dios manda.

Al proceloso mundo de las praderas, llegaba una música agradable. No se ve, pero se siente. Lo mismo pasa con el viento. Era la música de las esferas. La navegación por el espacio infinito no salió aquel día del todo mal, pese a que había muchas nubes. Algo debe haber bueno; o no malo del todo.

No será en la tele a las tres, donde se quitan las ganas de comer. No hay más que desesperanzas y desgracias. Cómo se puede estar aquí a lo cómodo comiendo caliente -de momento-, tan tranquilo viendo lo que está pasando en Ucrania y que también puede pasar aquí. Viendo la realidad de tanta hambre, frío, miedo, desolación y muerte. ¿Qué clase de persona eres si eso no te conmueve?

Es cosa de apuntarse al frente, coger un fusil e ir a defender el sacrosanto ideal del bien, la justicia, la verdad y la belleza. Cuando no hay más cera que la que arde, el movimiento se demuestra andando. Pero, ¿no seremos demasiado viejos y no echarán para atrás? Va de 18 a 60 años.

– ¿Y si conseguimos colarnos? Eso se llama, morir con las botas puestas, y encima del caballo; pero cómo, con el trabajo que cuesta poner las botas de montar, y con lo lejos, cada día más, que está el suelo. Y no hablemos de lo alto del caballo…

Una vaca extraviada brama sola por el monte. Anda de parto y su bramido estremece porque ya se echó la noche encima, y la atacarán los lobos. Una mujer vieja y ebria la busca desesperada, pero no la oye porque está muy sorda, y además, también perdida.

Hace un frío aterrador. Nadie desata tal aprieto. A ver si San Antonio hace el milagro, y no pierde su única vaca. La naturaleza se copia a sí misma, con toda su crueldad. Nada más evidente que el dolor, porque la soledad se multiplica en muchas y variadas soledades.

Así Bécquer exclamaba: «Tengo miedo a quedarme con mi soledad  solas».

La soledad es madre de la originalidad; la senda de la personas sensible hacia el Espíritu, según vemos en La muerte en Venecia. Es un ángel de la guarda, malo o bueno, según dispongan los dioses quién debe acompañarte.

Es el peor problema del hombre que suele ser un animal político; social, y la soledad le matará. La sociedad se mueve bajo la contradicción en un intercambio mutuo de perjuicios. ¿Por qué extraña fatalidad ha de anhelar siempre lo que no se tiene?

«Yo, Fígaro, soy de ello una viva prueba», afirmaba Larra.

Fígaro ( El Correo de España )