Existía la posibilidad, muy difícil, de que Marine Le Pen hubiera ganado las elecciones presidenciales en Francia. No ha ganado, pero ha obtenido casi el 42% de los votos emitidos. Casi nada.

Decir que es la octava vez que la derrota lleva el apellido Le Pen es una estupidez, sobre todo porque cualquier analista sabe que aún queda una tercera vuelta en Francia: las legislativas de junio. Lo que obliga a valorar los resultados mirando a ellas.

El partido de Marine, la Agrupación Nacional, es el segundo partido de Francia en voto popular, con un suelo del 23% de voto, pese a la escisión/ruptura reciente que podría situar a esas candidaturas en un importante 30%.

Ahora queda por ver si la Agrupación Nacional es capaz de ser el primer o el segundo partido de Francia en el parlamento galo y amargarle la fiesta a Macron. Y Le Pen está, a diferencia de lo ocurrido en otras ocasiones, en el camino de poder hacerlo, porque las legislativas de junio pueden jugarse en otro campo muy distinto.

En las presidenciales Le Pen no solo se enfrentaba a Macron (una especie de cruce entre Sánchez, Feijóo y Albert Rivera para orientarnos), sino a una enorme campaña de contra propaganda y demonización. Y, por qué no decirlo, a todos los partidos de Francia. En junio será parecido pero no será igual y Le Pen acaricia la posibilidad de ser primer ministro (el 23% de la Agrupación en la primera vuelta y el 8% de los escindidos de Zemour suman lo que suman como punto de partida).

A Le Pen le ha faltado capilaridad para contrarrestar esa campaña en la gran área de París y su entorno, pero ha obtenido un 42% de los votos. Ahora tiene dos meses para afianzar gran parte de ese voto ganándolo en la calle, en los barrios, en los mercados, en una estrategia que le ha funcionado y que le ha catapultado en la segunda vuelta. Marine se ha vuelto popular. Lo que es una realidad difícil de ocultar. Un factor que antes no existía.

Ha obtenido un 42% de los votos no contra Macron, sino, reiterémoslo, contra la coalición de todo el resto de las fuerzas políticas de Francia que han lanzando durante dos semanas el discurso del miedo. Pero ello quiere decir que su partido puede mantener porcentajes importantes de esos votos en las próximas elecciones, las legislativas.

En cierto modo, digan lo que digan sus disidentes, ha sido un éxito para Marine Le Pen, aunque los politólogos de guardia digan otra cosa.

Le Pen vuelve a la arena electoral en días de cara a esas legislativas, donde de verdad se decide hasta dónde está llegando su capacidad de atracción de voto más allá de su suelo, y si su partido pasa a tener un peso importante en la asamblea francesa. Lo que Macron y Mélenchon temen.

Ahora la incógnita que asalta a los demás partidos de Francia, a excepción de los seguidores de Macron, es saber qué parte de su electorado que ha votado por Marine podría repetir su voto en vez de volver a su opción inicial.

Tanto Mélenchon como Le Pen asumen que dependerá de la larga campaña que se ha iniciado en la noche electoral.  Y queda un enorme espacio por ganar en la abstención que en Francia anda muy vinculada a los procesos de empobrecimiento de los franceses, a la pérdida de parte de su Estado del Bienestar que Macron aplica. Un espacio en el que Marine ha abierto una brecha que puede aupar a no pocos de sus candidatos en junio.

PD: La valoración de Zemmour sobre los resultados no pasa de ser una rabieta oportunista que no se sostiene, lo que dice muy poco de su capacidad para leer la realidad política pese a su corte de analistas y fabricantes de políticos. Lo hace pensando en unas legislativas en las que muy poco tiene que hacer frente a las candidaturas de Le Pen. Así que debería pensar muy bien qué va a hacer, más allá de jugar al cainismo.

Francisco Torres ( El Correo de España )