A MAMARLA, A PARLA

Me parece que Gabriel Rufian conoce bien el dicho  “donde las dan las toman”,   y ha asumido con naturalidad, como un gaje de su oficio de histrión parlamentario, que las réplicas que recibe en los medios de comunicación o en las redes sociales  a sus excesos verbales puede ser del mismo tenor o más zafias aun que las suyas.

Eso le honra porque demuestra que no tiene la piel fina y sabe que en la guerra dialéctica cualquier boquete es trinchera y al que huye le llaman maricón.

Viene esto a cuento del revuelo que se ha montado en el diario El Mundo, entre los miembros de esos comités que existen en todos los medios de comunicación para cogérsela con papel de fumar si alguien se excede en la utilización del lenguaje, con ocasión de un artículo de Arcadi España en el que decía  que… “A Rufián hay que contestarle en sede parlamentaria diciéndole: «La polla, mariconazo, cómo prefieres comérmela: de un golpe o por tiempos?»

No seré yo quien afirme que el escritor catalán merece por esa frase un premio a su depurado estilo literario, pero salvo que exista una generación de censores del idioma que estudiaron de pequeños en las ursulinas, no es cuestión de encender la pira inquisitorial contra el autor de esa frase  por un “quítame allá esas pajas”, entendido el término “paja” como tallo delgado de los cereales, una vez seco y separado del grano.

La prueba de que el aludido tiene más aguante que los cruzados de las buenas costumbres  es que le respondió en un tuit : “Prefiero de golpe”.

Arcadi Espada,  que además de artículos también escribe libros, juega con el lenguaje como procuramos hacer todos los que nos dedicamos a este oficio y sabemos que si no somos capaces de sorprender a los lectores con enfoques originales y palabras hermosas o chocantes que golpeen sus conciencias habremos fracasado

Mal vamos si además de los comités de defensa del buen hablar y las buenas costumbres convertidas en dogmas de fe por la dictadura de la corrección política, empezamos desde los propios medios de comunicación a censurar palabras y a denunciar a quienes se atreven a escribirlas o pronunciarlas, porque si los periodistas o los escritores pasamos por el aro de la nueva ola de prohibiciones en la utilización del lenguaje, empezaremos a tocar fondo en un oficio que ya anda “descangallao”.

Diego Armario