Ya no lleva toga, cuelga sin decoro de la misma rama de la que se colgó Judas después del beso.

Marlaskón también le gustan los ósculos en las mejillas de los inocentes. Los reparte con los labios frunciditos en el cuarto oscuro de su orgullo servil, donde espera órdenes políticas para sodomizar a la Justicia.

Sentadito en el felpudo de su Ministerio, aguarda meneando el rabito a que sus amos le digan a quien tiene que besar con el ósculo de Chueka y el morro de Iscariote. Qué mezcla tan adecuada para el Gobierno en el que se solaza.

Sabe que el mejor camino para mantenerse en el Poder es el recto. Y él, siempre erecto (o sea, firmes) en Interior, entre tanto uniformado de gallarda masculinidad, pone su recto proceder a disposición de los mandaos que recibe del Palacio de la Moncloa, la ciudadela de la Sodoma Gomorra socialcomunista y separatista.

Así besó Marlaskón la Hoja de Servicios, de haberlo intentado en las mejillas lo mismo le hubiera costado un soplamocos, del Coronel de la Benemérita Pérez de los Cobos, a quien los separatistas se la tenían jurada por su valor y brillantez en la lucha contra la banda socialista abertzale ETA, y por su despliegue policial contra la proclamación de esa republiquita independiente catalana de eyaculación precoz, pues sólo duró ocho segunditos.
Tontos, impotentes y de rápido alivio, las tres patologías congénitas del separatismo catalán. Llegó el Coronel Pérez de los Cobos con la guerrera del General Batet y se les cortó el orgasmo independentista. A ellos y a Rajoy.

Pérez de los Cobos estaba sentenciado desde que Marlaskón okupó el Ministerio de Interior con el desenvuelto desenfado de los parroquianos de los garitos de Chueka, y disfrazando la natural desconfianza que le provocan los hombres de Honor se inventó unas acusaciones de leguleyo servil para relevarle del mando.

Pero los jueces que no han colgado la toga de la rama de la que se colgó Judas le han dado la razón al Coronel, demostrándole a Marlaskón que el camino más corto entre el Honor y la Justicia no es el recto.

Es la Verdad.

Eduardo García Serrano ( El Correo de España )