A UN INDECISO

Lo primero que debes saber en esta campaña es que tú no vas a elegir al presidente del Gobierno. Eso era antes, cuando el bipartidismo, y sólo de hecho porque técnica y jurídicamente, según la Constitución, la elección es indirecta y corresponde al Congreso.

Pero la estructura política tendía a respetar el criterio de las urnas y, como el nacionalismo aún no se había echado al monte, apuntalaba el proceso a cambio de competencias, inversiones y, sí, algunos chirriantes privilegios. El mecanismo funcionaba con una cierta estabilidad, sin ser perfecto, y tú votabas sabiendo que iba a gobernar el partido que quedase a la cabeza del recuento.

Sin embargo hubo un momento en que tú y tantos otros agarrasteis un enorme cabreo y decidisteis que el sistema entero, y sobre todo los agentes políticos convencionales, se habían quedado viejos. Los nuevos que surgieron entonces también han envejecido muy deprisa pero ya no hay remedio: se van a quedar ahí por bastante tiempo. Y ahora, después de votar, tendrás que esperar a que los grupos del Parlamento usen tu voto como moneda de comercio. No te quejes de la incertidumbre: la has provocado tú y deberías estar contento.

Pero un día te pediré que menciones una ventaja, una sola, del multipartidismo. No me vale la de que tienes más opciones porque en cada víspera electoral te manifiestas igual de insatisfecho o de indeciso. No te gustaba la decadencia de los clásicos partidos, los acusabas de endogamia y caciquismo, de haberse olvidado de ti, de perder el sentido de la realidad y de atender sólo a su propio beneficio; y era verdad, en buena medida, aunque quizá no tanto como para pensar que habían dejado un país destruido.

En todo caso, tendrás que admitir conmigo que los problemas esenciales no han mejorado ni remitido porque en vez de entre dos papeletas puedas optar entre al menos cinco. Digamos que objetivamente incluso han empeorado ciertos cruciales conflictos. Quizá porque en realidad estábamos depositando en la dirigencia una responsabilidad que nos competía a nosotros mismos. Tal vez fuera ésa la peor consecuencia de la crisis: que nos acostumbró a señalar culpables para eludir compromisos.

Así pues, vota y espera. Como antes, acabarás escogiendo al partido que menos te molesta, o al que te cause mejores sensaciones disfrazadas de ideas. Y luego, ya sabes, ármate de paciencia porque tus representantes no te van a pedir opinión sobre la clase de pactos que deseas. No hay libro de reclamaciones ni segunda vuelta. Lo que hay es una política más inestable, más volátil, más fragmentada, más populista, más compleja, hija de un cuerpo social desconcertado ante los retos de la época. La Historia tiene una incómoda tendencia a no resultar como creíamos merecerla.

Ignacio Camacho ( ABC )