A XI NADIE LE TOSE

Las dictaduras suelen contar con tantas ventajas para el que manda como enormes inconvenientes para los que se ven obligados a obedecer, sabedores estos últimos que de no hacerlo se juegan el pescuezo. Un dictador tiene total libertad para hacer lo que le venga en gana, mientras que el resto no tiene opción ni de quejarse o pedir explicaciones por la gestión de tal o cual problema.

A Xi Jinping parece que le ha salido bien su ordeno y mando. Ayer, 47 días después de cerrar a cal y canto la ciudad de Wuhan, poniendo en cuarentena a sus 11 millones de habitantes (luego ampliada a otros cincuenta y pico millones de habitantes de esa región), el presidente chino acudió a la «zona cero» de la pandemia para declarar su victoria sobre el coronavirus.

No ha sido fácil, en cualquier caso, pues pese a la estricta cuarentena en esos 47 días la cifra de enfermos contagiados supera los 80.000 y la de fallecidos los 3.100, lo que obligó a levantar dieciséis hospitales de campaña (entre los erigidos en cuatro días y los polideportivos habilitados). Dentro de China apenas rechistó el médico oftalmólogo Li Wenliang, que fue purgado por alzar la voz antes de tiempo y luego, un mes después, se anunció su muerte víctima de la enfermedad.

En las democracias, la cosa cambia. Existe oposición política, libertad de información, de opinión y de reunión. Cualquiera puede decir lo que le venga en gana, lo mismo un eminente sabio que un idiota sin matices (de todo hay estos días) porque la libertad ampara a todos para expresar lo que les parezca.

Lo importante es atender a las voces de referencia, aquellas que son relevantes y contribuyen a la solución de este o aquel problema. Eso sí, en los sistemas democráticos las voces cambian de tono ante un espanto dependiendo de quién mande.

Sánchez, por ejemplo, se desgañitó contra el Gobierno del PP durante la crisis del ébola de 2014 y ahora pide a toda la sociedad que sea una piña ante esta epidemia vírica. Comparemos. Ébola: un solo contagio en España, ninguna persona muerta y un perro sacrificado.

Coronavirus: al menos 1.646 contagiados en España, 35 muertos y ningún perro sacrificado. Entonces, todo era un desastre para Pedro Sánchez («Asistimos al espectáculo lamentable del desgobierno de Rajoy»); ahora para él todo el mundo ha de arrimar el hombro.

Pero aunque a Xi nadie le tosa (ni ahora ni nunca) y aquí no sepamos cómo saldremos de esta con un Gobierno que llega tarde y que un día se va de manifestación con 120.000 personas y al siguiente cierra los colegios, nos quedamos con lo nuestro.

Álvaro Martínez ( ABC )