ÁBALOS AL APARATO

Hace mucho, cuando el bipartidismo, llegó un muchacho nuevo al Departamento de la Facultad. Se rumoreaba que hacía política. Por su aspecto e indumentaria -cosa de los prejuicios- parecía del partido contrario al que sospechábamos -también cosa de los prejuicios- que pertenecía.

Comentábamos la chanza acodados en cafetería. Resolvió nuestro gallego de cabecera: «No hay duda, es del aparato». Arqueamos las cejas: «Sí, ya, pero de cuál». Sentenció y aclaró del todo: «Da igual, por eso es del aparato».

Los políticos de aparato tienen un perfil intercambiable. Asumen cada rol que les toca desempeñar con inquebrantable lealtad a su partido. Cumplen sus funciones con devota fidelidad y estricta observancia. Suelen ser meticulosos, fríos y camaleónicos: si se les encomienda otra misión adoptan sin exteriorizar su pesadumbre -si la hubiera- y se entregan a ella con disciplina espartana.

No respiran por la herida. Sirven a la organización, que tiene razones que el corazón no entiende. Se resignan a su destino y cuidan de las siglas. Los políticos de aparatos distintos se entienden bien entre sí. Son negociadores.

El ministro Ábalos es hombre de aparato. Curtido, pertinaz, compacto, escurridizo… áspero y hosco cuando corresponde y despiadado si procede; también amable, conciliador y transigente…, según las circunstancias. Durante la moción de censura, los que conservaban un hálito de vana esperanza de que no saliera, se desengañaron del todo cuando le escucharon en la tribuna de oradores.

Con su tono desafiante y mordaz, unido a su recia y ronca voz de doblador de cine en el papel de arremangado y locuaz propietario de cantina, mostró una faz distinta respecto del escudero del Sánchez que apoyó entusiasta el 155. Hasta entonces representaba al PSOE. El bien del partido y de su país son las prioridades de un hombre de aparato. El orden es indiferente porque para él ambos propósitos coinciden.

El político de aparato lleva mal que los gurús deslumbren a sus líderes. No lo exteriorizan pero desconfían del intruso que no piensa más que en los cinco minutos siguientes. Los gurús son la novedad y encandilan con brebajes energéticos aunque explosivos.

Mientras, todos los Ábalos se afanan en convertir a su partido en un fortín al tiempo que torpedean al adversario. Son demoledores. Ábalos ejecuta con rigor, eficacia, desenvoltura y sagacidad lo que conviene al partido de Sánchez.

 Sólo cortocircuitará cuando descubra que obedece a otra causa y otro partido que no es el PSOE.

Javier Redondo ( El Mundo )