ÁBALOS Y DELCY, LA SERIE

A no dudarlo, la peripecia de Ábalos y Delcy no ha terminado. No así. No ahora. Con cada nueva versión de la visita nocturna nos hemos ido acostumbrando a una estética de pistas de aeropuerto en la madrugada, coches de incógnito y aviones privados.

Ábalos se ha convertido en el protagonista de una serie a la europea: un tipo duro, lacónico, a veces iracundo. Podría ser uno de esos actores franceses cuyo personaje va ganando atractivo a medida que lo conocemos. En una serie americana no es imaginable alguien así. En una europea, quizás escandinava, el perfil es convincente.

Él tiene un encargo desagradable, es el último recurso del presidente, el que recibe llamadas cuando se mete en la cama y no protesta porque no hay otro para trabajos tan delicados, ni uno en todo el aparato del Estado, pues lo que hay que hacer compromete a ese Estado. Un Ábalos no deja a un Sánchez en la estacada aunque la tarea que se le pide exija colocarse al borde de la ley. Por la parte de fuera.

Las maneras desabridas con que reacciona a las preguntas de la prensa también es peliculera. En la vida real no vemos escenas semejantes. El protagonista ha arriesgado demasiado y, aunque tiene los nervios bien templados, hay algo que le puede hacer saltar: la irritante manía periodística de preguntar cuanto se les antoja. Aparece en mil cintas esa bandada de tipos con gabardina, micrófono en mano, importunando al héroe.

Él está al límite, pero un brazo amigo lo extrae y evita que el escándalo pase a mayores. Pese a estos recursos, tan manidos, la serie Ábalos y Delcy no hace ascos a una estructura narrativa experimental, propia de una cultura subvencionada, que pone a prueba la norma suprema de la suspensión de la incredulidad de Coleridge, que todos los narradores tenemos presente.

Por eso la serie se permite el juego de las diferentes versiones encontradas sobre unos mismos hechos. Tantas versiones hay que es la propia existencia de la verdad objetiva lo que se pone en entredicho. Luego, racionales al fin, evitamos el vértigo del sinsentido abrazándonos a Parmenides, y nos recordamos a nosotros mismos que lo que es es y no puede no ser, y que lo que no es no es y no puede ser.

La intriga es casi insoportable. Seríamos capaces de tragarnos la serie entera de una sentada, dure lo que dure, sin dormir, igual que Ábalos, con tal de descubrir el desenlace de tan innovadora y desafiante trama. Delcy es una malvada, de eso no cabe duda.

Quien ha perpetrado sus atroces crímenes no va a tener el menor empacho en comprometer a un gobierno extranjero valiéndose de ciertos ascendientes sobre varios de sus miembros. Buena es ella. En la estética estadounidense, el planteamiento se cerraría con espléndidos planos aéreos sobre la Casa Blanca, las luces del despacho presidencial encendidas y una música inquietante de violoncelos prolongando un acorde disonante, desapacible.

En nuestra serie, por el contrario, se prefiere la ausencia de música, y se zanja esa parte del relato con un primer plano del rostro trabajado, preocupado pero resuelto, sobre el que ha recaído el peso de evitar la crisis.

Sin embargo, algunas cosas son ya inevitables. La malvada ha entrado en España contraviniendo severas medidas sancionadoras. Y por eso el nudo, en sus atrevidas ramificaciones, nos ofrece aquellas contradictorias versiones a las que nos hemos referido.

La verdad solo aflorará en el desenlace y, como espectadores hechos a los trucos del suspense, somos conscientes de que el final adecuado no puede llegar sin pasar antes por un juicio. Algo que, por un lado, nos entusiasma -¿a quién no le emocionan las películas de juicios?- y, por otro, nos contraría porque sabemos que nuestra curiosidad tardará en verse satisfecha.

En su primera versión de los hechos, Ábalos había cogido un coche privado, eludiendo el habitual aparato de escoltas, y se había presentado a medianoche en un avión para recibir a un amigo que resulta ser ministro de Venezuela. Lo iba a ver de todos modos al día siguiente, pero la amistad es tan estrecha, hay tanto cariño entre ellos, que el protagonista no puede aplazar unas horas el abrazo entrañable. Cuánto afecto hay ahí. A la malvada ni la vio.

En la última versión, hasta ahora, de los hechos, el objeto de la intempestiva visita a Barajas es muy distinto: comunicarle a la malvada que no puede pisar España y que debe partir cuanto antes. La reunión con la pérfida Delcy, que Ábalos insiste en llamar «encuentro», parece haberse desdoblado: hay escenas a bordo y escenas en una sala VIP.

Entre las dos versiones median otras seis, y siguen una pauta: la paulatina intimidad entre los dos personajes principales. Cada nueva versión desmiente la anterior, y lo que fue un encuentro casual ha pasado a ser el verdadero objetivo de la acción.

Esta forma de administrar la información es la que permite que la incredulidad siga suspendida, y hace que nos interese mucho más conocer qué sucedió al final realmente entre Ábalos y Delcy que dar respuesta a las legítimas preguntas de cualquier espectador maduro (nunca mejor dicho).

Por ejemplo: si el nudo de la trama avanza hacia donde avanza, necesariamente se ha forzado a la policía a no hacer su trabajo, que no es otro que retener a la proscrita en sus dependencias hasta que se la pueda enviar de vuelta a Caracas. A Caracas y a ningún otro sitio.

Pero a nosotros ya no nos importan los cabos sueltos porque, hipnotizados por la pauta o patrón que han adoptado las distintas versiones ofrecidas, nos vence otro tipo de curiosidad. Y, proyectando la pauta hacia delante, solo aspiramos a un desenlace estrictamente personal de la relación entre Ábalos y Delcy, entre el áspero y sacrificado protagonista y la mala de la serie.

¡Al diablo las menudencias legales, el incumplimiento de las sanciones o el apartamiento de la policía en sus funciones! Solo queremos saber si en la versión final de los hechos, en el último capítulo, se descubre que los dos personajes principales culminaron su encuentro, la noche de autos, observando Madrid y susurrándose al oído secretos de Estado, felices en lo alto de una montaña rusa del parque de atracciones.

Juan Carlos Girauta ( ABC )