ABASCAL CONTRA TODOS

Ser de derechas hoy es complicado porque la izquierda ha impuesto sus marcos mentales y sus sintagmas verbales. Y se ha apropiado del uso de la violencia, que legitima en cuanto es suya. Rodean congresos, impiden hablar a conferenciantes, azotan mujeres hasta hacerlas sangrar, se quedan con tarjetas sim de mujeres «para protegerlas», denuncian a poetas por hacer versos satíricos: ser de izquierdas es, antes que nada, tener licencia para matar al adversario, física y simbólicamente, además de un pasaporte a la impunidad penal y mediática.

No solo es una cuestión de presión mental y conquista lingüística. Si todavía alguien se atreve a decir esta boca es mía, se le trata de acallar por las buenas o por las malas. Por las buenas, es un decir, se le aplica la censura académica y la intimidación en las redes.

Es lo que ha sucedido recientemente con Steven Pinker, el progresista defensor de la Ilustración que, sin embargo, ha criticado la deriva identitaria y acosadora de la izquierda posmoderna. Un grupo de la extrema izquierda académica ha lanzado una fatwa contra él para que le quiten honores dentro de una sociedad lingüística.

Sin embargo, el principal objetivo de dicha amenaza de ostracismo no es el propio Pinker, un autor con una carrera sólida y plenamente asentado y respetado en el mundo intelectual, sino todos aquellos intelectuales más jóvenes que están empezando ahora sus investigaciones y que habrán captado el mensaje: si quieres progresar, no se te ocurra desafiar los dogmas progresistas.

En Galicia y el País Vasco han ganado electoralmente los partidos de derecha, PP y PNV, pero sigue venciendo políticamente la izquierda, ya que se llevarán a cabo de todos modos sus políticas de género, ecologistas, lingüísticas y de identidad nacional (la cuenta en Twitter del Congreso siempre habla del «Estado español», nunca de «España»).

La derecha ha quedado para vestir santos de izquierda. Lo llaman tecnocracia, es decir, aplicar el programa fiscal, cultural y político de la izquierda pero con cierta eficiencia económica.

Si todo esto que acabo de describir es cierto para España, Europa y Occidente en general, en el País Vasco se multiplica la represión brutal para intimidar a los votantes. Ciudadanos y Vox nacieron en la izquierda y la derecha para desafiar el statu quo impuesto por la izquierda identitaria, que ya había fagocitado al PP y al PSOE, pero el partido de Albert Rivera primero se desnortó políticamente y más tarde se suicidó electoralmente.

Todavía resiste el partido de Santiago Abascal, al que han aplicado un tercer grado de acoso y violencia sin parangón en ninguna democracia digna de tal nombre. En el País Vasco han pasado del kiplingniano «Nuestros padres mintieron, eso es todo» a «Nuestros tíos nos convirtieron en fanáticos y tras asesinar a unos cuantos cientos de inocentes ahora presumimos de mala educación y votar a la extrema izquierda más sanguinaria de Europa». En el País Vasco penden sobre las elecciones como una espada de Damocles las pistolas de ETA de la extrema izquierda nacionalista.

Y para conseguir introducir el voto en las urnas hay que sortear a unos tipos que recogen nueces del suelo de los colegios electorales. Además de los exiliados vascos repartidos por toda España, unos 200.000 según el Foro de Ermua, hay cientos de miles de exiliados interiores que temen tanto por su integridad física como están resignados al olvido de las instituciones y al desprecio de los medios de comunicación.

En esta fiesta en la que todos los representantes de todos los partidos políticos establecidos no solo pactan sino que brindan sonrientes junto a Otegi, se ha colado el verso suelto de la representante de Vox por Álava.

Lo que resulta un síntoma de esperanza no solo para la derecha que la ha votado sino para cualquiera que tenga un mínimo de sensibilidad democrática por la pluralidad de voces que no usen como altavoz una parabellum adaptada a gritar consignas como hasta ayer disparaban balas.

Santiago Navajas ( Libertad Digital )