Vayamos al mundo de los hechos. ¿Qué está haciendo Sánchez con los católicos? Pues atacarlos frontalmente en el marco de un programa amplio de ingeniería social.

El sanchismo pretende constreñir la concertada, extender el aborto, ha impulsado una ley de eutanasia desoyendo el dictamen de los comités éticos y amenaza a la Iglesia fiscalmente.

Pues bien, el presidente que promueve todo eso, un ateo que ejerce de laicista anticatólico, visitará al Papa Francisco este sábado para una audiencia a petición propia. En su réplica a Abascal, hasta se permitió citar al Papa como fuente de autoridad y le recomendó: «Lea su última encíclica».

Lo anterior es un ejemplo más de la amoralidad táctica que distingue a Sánchez. Todo le da igual. La verdad es de goma, según convenga. Imponerse en un debate a un personaje tan voluble es complicado, y más cuando cuenta con la prima mediática de sus televisiones.

Para plantear en serio una moción de censura, el mecanismo constitucional previsto para cambiar a un Gobierno, existen dos requisitos: contar con alguna posibilidad real de ganar y acudir con un programa alternativo solvente. Ambos faltaron en el envite de Abascal.

Arrancó bien, repasando las miserias de la pésima gestión económica y sanitaria de Sánchez. Acertó también al denunciar sus tics autoritarios, sus aliados antiespañoles y su ninguneo al Rey. Pero luego se dispersó con divagaciones de brocha gorda a lo Steve Bannon, que lo apartaron del punto débil del Gobierno: los hechos ciertos que acreditan que nuestras empresas se hunden, nuestros hogares sufren y la epidemia está fuera de control.

Las dos horas de mandobles de Abascal -algunos bien merecidos y bien dados- los aprovechó Sánchez para disfrazarse de razonable centrista, tal y como había ensayado el domingo con Redondo. «Por mucho que provoque no vamos a entrar en ninguna de sus provocaciones», saludó santurrón a Abascal, al que con retintín llamaba «señor candidato».

Con rostro de acero inoxidable, Sánchez impartió lecciones contra la corrupción (a la misma hora en que se sabía que la justicia acusa al partido de su vicepresidente de financiación ilegal y delito electoral). El hombre que gobierna con el apoyo de Bildu se jactó de que «el Partido Socialista derrotó a ETA».

En el instante en que el Consejo de Europa denunciaba su maniobra autoritaria contra los jueces, llamaba a Vox «ultraderecha» y lo comparaba con Tejero. Doble faz. Pero en los resúmenes de los telediarios de TVE y en las cadenas amigas lo que se vio, con cortes bien editados, fue a un Abascal desaforado frente a un sereno estadista: Mahatma Sánchez.

Como decía Andreotti, el zorro de la política italiana, «manca finezza». Falta finura, y también estrategia. Para derrotar a eso que Abascal llama, con razón, «el consenso progre», se necesitaría reeditar la obra de Fraga y reunificar a la derecha.

Los desahogos a lo barra de bar pueden resultar reconfortantes -en efecto, a millones de españoles nos satura la incompetencia petulante de Sánchez-, pero no ganan las elecciones.

(PD: toca a agradecer a Abascal que leyese desde la tribuna los nombres de todos los asesinados por ETA. Lo mejor de la jornada. La dignidad de un país).

Luis Ventoso ( ABC )

viñeta de Linda Galmor