ABISMOS DE PASIÓN

Ha llegado el momento de contener la respiración. Mañana tendrá lugar una movilización de masas cuyo objeto es escenificar el anhelo plebiscitario del pueblo catalán y su injusta represión por parte del autoritario Estado español. Política de símbolos: nada haría más feliz a los promotores del referéndum que acabar la jornada con la imagen de una estelada manchada de sangre. Y eso es, justamente, lo que ha de evitarse. Pero es imposible anticipar, por decirlo con Elías Canetti, la forma que adoptará la descarga de una masa que espera el acontecimiento decisivo. Aunque nadie, faltaría más, sienta que forma parte de masa alguna o esté vulnerando la ley. ¡Todos demócratas!

Hay que subrayar la importancia de este aspecto del procés: lo que tenemos delante no son razones, sino emociones. O, si se quiere, razones teñidas de emocionalidad. Por eso, cuando un partidario de la secesión dice aquello del “tú no lo entiendes” está diciendo otra cosa, a saber: “tú no lo sientes”. Todo el discurso separatista se asienta sobre ese núcleo emocional: yo no soy como tú y no quiero vivir contigo. De hecho, sería mucho más honesto que se formulase sin ambages. Se trata de un sentimiento de pertenencia que constituye el non plus ultra de cualquier deliberación democrática: sobre lo que no se puede sentir es mejor callar.

Este régimen afectivo está asociado a un régimen de percepción. Sólo así puede entenderse que innumerables adultos estén convencidos de vivir en un país ocupado desde hace 300 años o que destacados científicos sociales identifiquen la democracia con el voto popular. Incluso entre quienes se oponen a la independencia muchos dicen sentirse “humillados” por lo que está sucediendo. Pero esa humillación no es un dato objetivo que forme parte de la naturaleza de las cosas, sino el fruto de una percepción saturada de afectos. O sea, una cognicióncaliente que interpreta la realidad a partir de un sentimiento preexistente. No creemos porque veamos, sino que vemos porque creemos. Es un mecanismo algo perverso: si uno se empeña en celebrar un referéndum ilegal allí donde impera la ley, ¿no estamos ante una humillación autoinfligida, buscada? Pero olvidemos el psicoanálisis: esta crisis demuestra que no hay patriotismo constitucional que aguante la embestida de un Volk apasionado.

Se objetará que el independentismo no tiene el monopolio de las emociones. Es cierto: todos estamos sometidos a su influencia. Y quien responda al nacionalismo catalán en nombre del nacionalismo español estará tomando el camino equivocado. Ya que no se trata de defender la identidad española, sino el Estado democrático: al ciudadano, no al pueblo. Si tenemos leyes, es para que no nos gobiernen las pasiones; si democracias, para resolver nuestras diferencias ordenadamente. En el bien entendido de que un argumento falaz no se convierte en verdadero porque lo crea una multitud. O así, al menos, debería ser.

Sucede que este noble ideal regulativo es de difícil cumplimiento. Por eso ha escrito Anthony Gottlieb que la modernidad ilustrada no da paso a una mayúsculaEra de la Razón, sino más modestamente a “la era de intentar ser más razonable”. He aquí un buen lema para los próximos días. Otra cosa es que quien pone las emociones por delante esté dispuesto a hacerlo suyo en lugar de echarse al monte. No hay muchas alternativas a este delirio. De momento, deseémonos suerte.

Manuel Arias Maldonado ( ElMundo )

viñeta de Linda Galmor