ABURREN

Hubo un tiempo en que el aburrimiento era un potente catalizador de la creatividad. Una niña que se aburría cogía un palo y ya era una mosquetera de película. Un niño que no sabía qué hacer agarraba por fin una hoja en blanco y allí estallaba un Big Bang de ceras y pinturas.

Cuentan que Adam Smith estaba de viaje por Francia y se aburría tanto porque desconocía el idioma que le dio por coger la pluma. Entonces le dice a un amigo: “He comenzado a escribir un libro para pasar el tiempo”. Así nació La riqueza de las naciones.

Cuentan que Descartes se puso a escribir un librito porque andaba consumido por el tedio después de una campaña militar. Así, aislado por la nieve y junto a una estufa, nació el Discurso del método.

Pero yo quería hablarles del aburrimiento malo, de ese que -a diferencia del que sirve para mucho- no sirve para absolutamente nada. Ya saben. Porque hay mucha gente, aquí y allá, en las cenas de los amigos y en las oficinas, en casa y en el bar, que se está aburriendo del tema.

Aburre que no hablen de otro asunto, como si no existieran el paro, la sequía, la corrupción que no va a menos o los ochocientoeuristas que van a más.

Aburre que no tengan memoria o que la tengan tan tan tan selectiva, que unos y otros hayan escondido los álbumes de cuando bailaban juntos. Aburre que siempre hablen los mismos. Y que digan las mismas cosas que ya no nos creemos. Aburren los que piensan que no tenemos memoria ni hemeroteca, y en consecuencia se dirigen a nosotros como si fuésemos perfectos idiotas.

Aburre que nos tomen por tontos todos los días. A todas horas. En todas partes. Y que, en el elevado debate de las ideas publicadas y televisadas, siempre prefieran recalcitrantes hooligans antes que tipos mesurados que razonan sin bandera al cuello.

Aburre que consideren nuestro silencio como su triunfo. Que unos y otros piensen que somos incondicionales, correligionarios sin matices, un peón de ajedrez de las negras o un alfil de las blancas. Y no.

Aburre que no nos dejen entrar a la cocina, pero que luego no admitan críticas al menú. Que ellos siempre se pongan detrás y nos dejen a nosotros delante. A veces solos. Y que ahora nos pidan que acudamos a su llamada después de tantas y tantas veces, ¿recuerdan?, en que ellos no vinieron a la nuestra.

Aburren los que no dudan nunca y -a veces, por un momento- hacen que dudes de tus dudas. Aburre que estén de vuelta y nunca de ida. Aburre lo que está por venir, una farsa para tapar otra farsa. Algo que no ha llegado y que ya hemos visto. Y que se resume en una sola palabra, ya verán: “Vótennos”.

Pedro Simón ( El Mundo )

viñetas de Linda Galmor