Verdaderamente conmueve ver cómo se repite en todas partes que los escraches, el acoso a los domicilios particulares de los políticos, son intolerables los haga quien los haga. Que eso no se puede permitir de ninguna manera. En palabras del ministro de Fomento y secretario de Organización del PSOE, José Luis Ábalos, en casos así, «rebajar la gravedad de lo ocurrido equivale a normalizar la intimidación y el fascismo. Ninguna democracia ampara el hostigamiento por motivos ideológicos».

No puedo estar más de acuerdo. Por supuesto que esto es la peor deriva de la violencia fascista contra los adversarios políticos. Pero no escuché a Ábalos denunciarlo así cuando acosaron a Cristina Cifuentes en las calles de Madrid o cuando a los padres de Albert Rivera les pintaron el escaparate de su tienda como hacían los fascistas italianos con los judíos, o cuando a Alejandro Abascal le desearon un tiro en la nuca y apenas cuando a Mariano Rajoy le rompieron la cara durante una campaña electoral. Eso era «el natural sentir del pueblo». No requería condenas.

Es una lástima que el equipo de seguridad que acompaña al vicepresidente Iglesias y a la ministra del nepotismo, señorita Montero, no haya sido capaz de presentar ninguna denuncia contra nadie por el supuesto acoso recibido por la pareja y sus hijos mientras disfrutaban de la dacha asturiana del secretario general del Partido Comunista de España, Enrique Santiago.

Ya es raro que el despliegue de efectivos de los Cuerpos de Seguridad que requieren dos miembros del Gobierno no haya comparecido ante la Fiscalía, al menos hasta que el diario «El Comercio» denunció este hecho el pasado miércoles. ¡Señor ministro del Interior! ¿En qué pierden el tiempo sus subordinados? ¿No saben ejercer sus funciones de protección de tan altas magistraturas del Estado? ¿Para qué les pagamos? Un verdadero escándalo.

Es verdad que hay una prueba irrefutable de ese acoso: una pintada en el asfalto de una carretera próxima a la dacha en la que con tinta verde han escrito «Coletas rata». Intolerable. Hay que amparar la sensibilidad de los hijos mayores, que con padres tan brillantes, con solo dos años pueden haber quedado impactados al leer la pintada contra su progenitor.

Eso exigía denunciar la gravedad de lo ocurrido. Cabe suponer que la falta de denuncia por parte de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado que manda el ministro Grande-Marlaska provocará una nueva crisis dentro del Gobierno de coalición.

Agravada por las declaraciones del antes mentado secretario general del PCE que ha denunciado a la cadena SER que la impunidad del fantasma que no vieron esos cuerpos de policía «es absoluta, la Fiscalía no hace nada». ¿Cómo es posible que una Fiscalía dirigida por Dolores Delgado no haya actuado por propia iniciativa? ¿Estará protegiendo a la extrema derecha?

Ironías al margen, yo nunca avalaré el acoso a la vida privada de nadie. Pero cuando uno de los ideólogos de Podemos, Jorge Verstrynge, organizó en abril de 2013 un escrache contra su vecina Soraya Sáenz de Santamaría cuando estaba en su domicilio con su hijo de año y medio y su madre, a Pablo Iglesias no le pareció que aquello estuviera mal. No lo denunció.

El doble rasero habitual. A mí me parece muy mal este tipo de acoso siempre que de verdad ocurre. Pero hasta que Pablo Iglesias no denuncie y no pida perdón por el escrache que los suyos le hicieron a la vicepresidenta Sáenz de Santamaría, no veo por qué hay que denunciar el que supuestamente les han hecho a ellos y del que no hay más constancia que su testimonio personal.

El de dos miembros del Gobierno más mentiroso de la historia del Occidente libre.

Ramón Pérez-Maura ( ABC )