ADOLFITO MAGNICIDA

Ahora que cada capricho funda un derecho habría que reivindicar la universalización del derecho a la metáfora. Visto lo visto, la metáfora funciona con las restricciones de un privilegio tan bien asentado que ni los parias de la lengua se atreven a discutirlo. Buena parte del sustento del diputado Gabriel Rufián, por ir a la cúspide del feudalismo idiomático, depende de un uso discrecional del español que está vetado para el común.

Él puede levantarse de su escaño y amenazar a Mariano Rajoy con unas esposas de sex shop sin que nadie piense que quiere someterlo como una dominatrix. Que se atreva con un número semejante Adolfito. Y eso que el niño maneja con más descaro los recursos tradicionales de la comedia. Quiero decir, que en Rufián no es tan evidente el ditirambo. Cuando su señoría dice por ejemplo que Pedro Sánchez preside un gobierno de carceleros, lo hace con un hieratismo admirable.

Parece estar representando más bien una tragedia. Quizás porque sencillamente esté utilizando un lenguaje recto. No quiero ni pensarlo. El hecho de que Rufián fuera uno de los más soliviantados cuando Josep Borrell habló de desinfectar las heridas abiertas en Cataluña por el procés sólo puede indicar dos cosas: o que reivindica para sí el privilegio de la metáfora o bien que jamás hubo metáfora. Si lo primero resulta indignante, como cualquier exención elitista, la segunda hipótesis es francamente aterradora.

Esta reflexión viene a cuento del vídeo de Adolfito, cuya difusión en Twitter por el PP indicaría, según los fanáticos de la literalidad, que el partido de la oposición le desea la muerte al presidente del Gobierno. (Iba a escribir «donde el partido de la oposición invita al magnicidio», pero me corregí a tiempo y recordé una columna en El Español de Montano que arrancaba así: «En España todo magnicida posible e imposible está condenado a la frustración». ¡A él los literales!).

Cuando la vicepresidenta Carmen Calvo vio el gag de Adolfito avisó rauda a la Fiscalía y se colocó así en un dilema muy similar al de Rufián. O Carmen Calvo es incapaz de entender que jamás existió un perro llamado Mistetas o reclama para sí el privilegio de la metáfora y las florituras con el lenguaje.

De lo deprimente de la primera hipótesis ya dio buena cuenta ayer Tadeu en las páginas de Opinión de este periódico. La segunda hipótesis es la aterradora, no sólo porque tendríamos una vicepresidenta que «fue cocinera antes que fraila» sino porque literalmente cree que «el dinero público no es de nadie».

Rafa Latorre ( El Mundo )