AGAMENÓN, SUS PORQUEROS Y EL AQUARIUS

Repaso con hastío los titulares de la prensa concernientes a ese buque fantasma que surca el agua estancada de uno de los mares más contaminados del planeta y llego a la sorprendente conclusión de que, vengan de donde vengan, vayan adonde vayan y sean cuales sean sus propósitos, todos llevan razón y se la dan una vez más a Juan de Mairena en su archisobada parajoda: la verdad es la verdad dígala quien la diga.

Razón, en efecto, lleva el presidente de Médicos sin Fronteras al tildar de locura la errante derrota del Aquarius por el Mediterráneo. Lo lógico sería impedir que ese barco pirata siga traficando con los traficantes del negocio de la esclavitud y sirviendo de correa de transmisión al nauseabundo contrabando de la nueva trata. Menos mal que las autoridades gibraltareñas, en uso sin abuso de la sensatez y la legalidad, han decidido retirar al Aquarius el permiso de navegación.

También lleva razón el citado presidente al opinar que el Mediterráneo no puede ser el corredor migratorio más mortífero del mundo. ¿Corredor migratorio? Ahí está el detalle y el truco: si no lo fuera, la catástrofe se detendría ipso facto. ¿De quién es la culpa? ¿De los que vienen? No. La culpa es de quienes compran mercancía humana en los países de origen, de quienes la transportan y de quienes la revenden en los mercados europeos de mano de obra barata. Y, por supuesto, de quienes, atrincherados en los despachos ministeriales la consienten y de quienes la adquieren con ánimo de medro. El presidente en cuestión añade que van ya casi mil muertos desde que el Aquarius llegó a Valencia. Y más que habrá, porque tal es la inevitable consecuencia del tristemente famoso “efecto llamada”.

Y razón lleva, por último, el gobierno de nuestra nación al reconocer que España no es un puerto seguro, pero se queda corto en ese ejercicio de sinceridad. Debería haber dicho que España no es un país seguro para nadie. Para serlo tendrían que ser devueltas las calles a sus legítimos propietarios tras expulsar y castigar a los maleantes de todo tipo que se han adueñado de ellas en las narices de las supuestas autoridades. Pasividad es sinónimo de complicidad.

Fernando Sánchez Gragón ( El Mundo )