AGÁRRALO COMO PUEDAS

EL 31 de enero se registra el primer caso de coronavirus en España. El 26 de febrero ya se constata la primera infección no importada. En esas semanas, el virus ha paralizado China y también Italia, país similar al nuestro, un espejo donde mirarnos.

Pero el Gobierno tiene otras prioridades: la mesa con los separatistas catalanes para darles prebendas a fin de sostener a Sánchez; una reforma del Código Penal para sacar a la calle a Junqueras por la puerta de atrás y burlando al Supremo; planes de más impuestos y cotizaciones para lastrar a empresas y bancos; caña a la Iglesia católica y la concertada; y urgencia exprés para una Ley de Igualdad Sexual, que nada arregla, y para

 la promoción de la causa feminista, pues llega la manifestación del 8-M y Calvo e Irene Montero quieren dar un recital. ¿El reto del coronavirus? Orillado ante una agenda ideológica y artificial.

Ocho de marzo, llega la manifestación promocionada por el Gobierno de la Coalición Progresista. Al mediodía, a unas horas de que empiecen las marchas multitudinarias, escenario perfecto para contagiarse, el sereno doctor Simón facilita en rueda de prensa las últimas cifras: hay 589 contagiados, «159 más que ayer». Es decir, la epidemia está avanzando rápidamente.

Pero nadie se despeina. En la misma comparecencia, el flemático ministro Illa explica las tres medidas que se van a tomar ante la crecida del coronavirus: 1.- El presidente Sánchez presidirá la próxima reunión de la comisión de seguimiento (lo que se celebrará con un vídeo musical a su gloria en la cuenta del Ministerio). 2.- Todos los miércoles habrá una reunión interministerial. 3.- Los lunes y los jueves se organizará una videoconferencia con las comunidades.

No hay ninguna medida concreta para frenar la epidemia, solo se habla sobre la burocracia interna. Ante el caso de Haro, un pueblo con numerosos infectados, Illa se esfuerza en aclarar «que no hay allí cuarentena alguna ni impedimento para la entrada o salida». El Gobierno estaba en la berza a solo cinco días de tener que declarar el estado de alerta.

Irene Montero reparte besos, abrazos y risas en la cabecera podemita de la manifestación del 8-M. En la zona socialista, portan la pancarta Carmen Calvo y Nadia Calviño, con la mujer del presidente, Begoña Gómez, entre ambas. Más besos y abrazos. Montero se contagia y Gómez, también.

Pero sus maridos se saltan la cuarentena, obligada para todos los españoles, para asistir a un Consejo de Ministros sabatino que se prolonga nueve horas y resulta un esperpento. Discusión acalorada entre PSOE y Podemos, que pretende aprovechar la pandemia para imponer su agenda colectivista. La bronca llega a tal extremo que el anuncio de las medidas económicas de urgencia se pospone tres días.

Como guinda del desaguisado, el nacionalismo insolidario y obsesivo sigue a lo suyo. Torra, el iluminado e inhabilitado dirigente con el que Sánchez ha abierto una mesa de negociación, protesta por el mando único del Gobierno llamando a un «paro de país». Urkullu también se suma a los lamentos antiespañoles.

Agárralo como puedas. Escuece decirlo, pero a ratos es como si nos gobernase Leslie Nielsen con Groucho Marx de segundo.

Luis Ventoso ( ABC )