AHORA, LA GENTE ES EL NUEVO REY

“El Rey -se escribe en el editorial de EL MUNDO- se ha convertido en una diana en la que los independentistas pretenden canalizar su desafío al Estado de derecho“.

El supremacista Quim Torra ha vetado la presencia de Felipe VI en Cataluña. Claro que Felipe VI ya no representa un mito ni es intocable ni hay que darle la hacienda y la vida, pero es el vértice del consenso táctico entre partidos, pueblos y comunidades. En lo que está incurriendo Torra no es en un error de protocolo, sino en un delito. Pero ése es el signo de los tiempos. Antes, se halagaba a los reyes; ahora, a la gente. Siempre se practicó la adulación, a la que llamaron “la peste de la política”.

Los populistas proclaman estar al lado de las personas decentes contra las élites. Todos los partidos, que son estructuras piramidales, han recurrido a las bases en mítines, asambleas y elecciones primarias. El precursor de este estilo de azogar a la muchedumbre fue Pablo Iglesias, repitiendo eso de «Nosotros estamos al lado de la gente». Al final, la moda Podemos ha triunfado. Pedro Sánchez, para ser presidente del Gobierno, tuvo que enfrentarse al aparato, a la vieja guardia, a los barones y pagar la gasolina para ir a encontrarse con los puros socialistas. Ahora, Pablo Casado se codea con la gente del partido para ganar las primarias. El rey es el militante y a él dedican los políticos una descarada adulación.

Los griegos desconocían el arte de la adulación, sus poetas no dedicaban sus obras ni a los tiranos ni a la plebe. Según Voltaire, el sistema de adular data de la época de Augusto. Hasta Ovidio elogió al emperador desde el Ponto, donde lo desterró. Augusto fue el primero que tuvo poetas oficiales; a partir de él, la adulación se convierte en una costumbre y declaran dioses a los siguientes emperadores o a la plebe. Los poetas españoles llaman a Su Majestad “el rey más grande de los reyes”. Sólo los bufones decían la verdad al monarca.

Claudia Piñeiro hace a la política protagonista de su última novela, Las maldiciones, y cuenta cómo el discurso de los nuevos políticos se ha empobrecido. Los candidatos preguntan a sus fontaneros: “Esta muerte, ¿nos favorece?” o “¿Qué hay que decir para que me voten?”. La repuesta siempre es la misma: movilizar a la gente.

Nuestros clásicos hablan de la lisonja como enfermedad cortesana. “Si a los oídos de los príncipes -escribe Cervantes– llegase la verdad desnuda, sin los vestidos de la lisonja, otros siglos correrían”. Hoy se utiliza más la demagogia y la lisonja con la gente que con los príncipes.

Raúl del Pozo ( El Mundo )