AL GRITO DE: » MUERA ESPAÑA »

Despotismo iletrado en el debate político y desbordamiento de las cloacas policiales. La intimidad del poder no está en manos de un Fouché o de un Hoover, sino en las cintas de un madero carroñero.

Todas las instituciones han quedado dañadas. «La banca está por encima de la ley», dice Pablo Iglesias. Los jueces temen que les quieran cortar el cuello antes del juicio del siglo. El Tribunal Supremo ha dejado de ser infalible y se confirma aquella máxima de Brecht según la cual algunos jueces son incorregibles y nadie puede inducirles a hacer justicia. El sistema es tan frágil que se puede tambalear si se sube el sueldo de los parias a la ridícula cifra de 900 euros o se carga a los bancos el impuesto de las hipotecas.

La madre de todas las crisis sigue siendo Cataluña. Aquel sueño de los Jocs Florals, ultraindígena y supergótico, empezó en el XIX, soñando un Portugal de Levante y ha terminado el XXI con una rebelión contra el Estado achacoso. Esta vez el laberinto español es incruento con la argucia de abades y beatos poscarlistas que diseñaron la revolución de las sonrisas. Sin embargo, se empieza a notar un aumento del odio, con escraches, ocupación de carreteras, lanzamientos de huevos, pintadas e insultos.

El último fin de semana, los Mossos cargaron contra los CDR que se enfrentaban a una marcha de policías y guardias civiles en el centro de Barcelona. Se lanzaron objetos de hierro contra los agentes y al final de la movida un simpatizante de la plataforma policial, que llevaba una gorra con la bandera de España y una camiseta nazi de un grupo de rock, fue empujado al grito de «¡Muera España» por las escaleras del metro de Urquinaona. Albert Rivera ha calificado el suceso de «nueva agresión separatista».

He rascado en el otoño político catalán e informan mis fuentes de Canaletas: «El procés está transformándose. No desaparece, sólo se transforma. ANC y Òmnium, que han sido dominantes, empiezan a tener menos fuerza de convocatoria y Puigdemont ya no sabe qué hacer para seguir llamando la atención; es un nuevo Ruiz-Mateos».

Las miradas se enfocan en Junqueras vestido de víctima, padre de la patria, que nunca se sintió español. Sigue predicando la resistencia pacífica y una solución dialogada. Con su discurso moderado y su actitud beatífica de católico ante los leones del circo, puede agrupar todos los sentimientos independentistas y conquistar el poder con un nuevo tripartito. «Primero, del Ayuntamiento; después, de la Generalitat. Y hacerlo épicamente desde la cárcel. Mientras, el nacionalismo burgués de la antigua Convergència se queda en los huesos».

Raúl del Pozo ( El Mundo )