¡ AL SALÓN !

Hace poco más de un año la alcaldesa Colau se encaró con dos militares que fueron a saludarla mientras visitaba el Salón de la Enseñanza: “Ya sabes que nosotros como Ayuntamiento preferimos que no haya presencia militar en el salón” -le dijo a uno de ellos sin ahorrarle el sórdido tuteo. “Pero simplemente porque creemos que hay que separar los espacios” -le acabó instruyendo con audaz torpeza sobre la imposibilidad de que los militares pudieran aportar algún valor educativo.

El desprecio y el hostigamiento de la alcaldesa a los militares se ha manifestado reiteradamente en el ejercicio de su cargo. Meses después de este incidente se negó a que tuvieran presencia alguna en el Salón de la Infancia. Y son conocidos los obstáculos constantes que ha puesto a las prácticas militares en los bosques de Collserola, hasta el punto de que el Ejército de Tierra tuvo que recordarle oficialmente que esas prácticas eran imprescindibles para el entrenamiento de los militares en “la lucha contra el yihadismo”. El rudo pensamiento colacau, que tanto incluye el trato desaseado a los militares como el reverso flower power de la ciudad alegre y confiada, está en el origen de su negativa a la instalación de bolardos. Una negativa que, quiera o no, la interroga políticamente sobre la forma concreta de matar que eligieron los terroristas islámicos.

Pero en las formas de matar y de morir de esta terrible semana hay otra interesante enseñanza para la alcaldesa y su madurez mental y política. Un militar, integrado desde hace una década en la policía de Cataluña, mató la madrugada del viernes a cuatro hombres cuya intención era la de apuñalar paseantes en el paseo marítimo de Cambrils. Extrañamente, y no del todo correctamente, la policía no ha dado aún un relato ordenado y preciso, ni en texto ni en imágenes, de cómo sucedieron los hechos.

Pero dando por buenos los detalles dispersos y, el primero, la pertinencia de la radical acción de la policía, ese hombre actuó con una asombrosa eficacia técnica -basta ver, por comparación, el vídeo de la muerte posterior del quinto terrorista- que también incluye la ausencia de cualquier milésima de duda moral. Esa capacidad que da la repetitiva instrucción en los bosques de Collserola, por ejemplo. Y el repetitivo recitado de los valores castrenses, entre ellos, la disciplina, el compañerismo y la voluntad de servicio a la comunidad.

Lo que quiero decir es que en el próximo Salón vuelva la alcaldesa a espetarles que hay que separar los espacios.

Arcadi Espada ( El Mundo )