AL SON DE SÁNCHEZ

Aunque la campaña electoral del 26-M no ha empezado, ese saltador de vallas legales que es Pedro Sánchez ha puesto en marcha la suya, convocando en La Moncloa a los tres rivales oficiales para ponerlos en sus sitios y mantener extramuros al paria, Abascal, para que siga zurrando a sus compadres.

Todo muy presidencial, diría incluso solemne, con sonrisa y cordialidad por su parte, los otros más bien tiesos. Porque el 26-M no va a ser la segunda vuelta del 28-A, como se decía. Va a ser su ratificación. Al menos es lo que busca Sánchez, que no da puntada sin hilo. ¿Qué han hecho sus visitantes? Pues lo que han podido, dadas sus circunstancias.

Casado, cuya necesidad más urgente es no ser descabalgado al frente del PP, le ha dicho que ejercerá una oposición firme y leal pero no apoyará directa ni pasivamente su presidencia, con un pullazo a Rivera invitándole a abstenerse para facilitar la investidura del nuevo gobierno.

Rivera, cuyo objetivo inmediato es hacerse con el liderato del centro derecha, lo ha rechazado de plano, pero dio un medio paso atrás al no descartar pactos en ayuntamientos y comunidades con los socialistas «disidentes», calificativo un tanto exagerado al referirse a los no siervos de Sánchez.

E Iglesias, recién convertido al constitucionalismo y la moderación, consciente de su debilidad, ha vuelto a pedir sitio en el Gobierno, pero ya sin amenazas ni chantajes. En cuanto al excluido, ha redoblado sus acusaciones, pero el enfado de Abascal son buenas noticias para Sánchez, que tiene ante sí un panorama tan prometedor como risueño.

Su punto débil, aparte de la economía, siempre frágil, es el que le llevó a La Moncloa: los nacionalistas, que han crecido y reclaman el derecho a la autodeterminación, algo a lo que la inmensa mayoría del pueblo español, socialistas incluidos, se opone.

De ahí que intente montar un gobierno sin ellos, algo imposible sin Podemos o Ciudadanos. Su plan es gobernar en minoría con apoyos de unos u otros según los asuntos, como ha hecho hasta ahora. Pero también ha comprobado que eso sirve en circunstancias especiales, no para una legislatura larga y sólida como la que él busca. Conociéndole, podemos decir que no cejará en su empeño, buscando pactos incluso con el PP «en asuntos de Estado», a los que Casado tendrá difícil negarse.

Su sueño es el modelo portugués: un gobierno de izquierdas con una política, especialmente en el terreno económico, de derechas. Seguro que Iglesias se subiría por las paredes, pero a la mayoría de los españoles no les parecería mal, como no le pareció la de Felipe González.

Pero hay dos grandes inconvenientes: el problema catalán seguiría creciendo, como sus exigencias del derecho a decidir y la libertad de sus líderes procesados. Más decisivo incluso: los portugueses no son españoles ni Portugal tiene un partido independentista, mientras España tiene una docena. Aparte de que siempre podrá argumentar que no le han dejado gobernar. Habiendo gente que aún le crea.

José María Carrascal (ABC )

viñeta de Linda Galmor