Hay un viejo truco en la política. Consiste en crear un problema para luego correr a resolverlo. Suele usarse en momentos críticos cuando el político de turno se siente asediado y con un pie en la fosa. Entonces descuelga el teléfono y llama a las personas adecuadas para organizar una “cortina de humo”.

Un problema imaginario cuya resolución sólo está al alcance de… Lo han adivinado: del propio político que lo ha organizado. Aunque ese es un dato que la ciudadanía desconoce. Y por su ignorancia le aclamará. Justo lo que pensaba el político. E incluso aquel que gobierna por encima del político.

“¡Alabada sea la ciencia!” Así comienzan, o casi, los próceres de la información sus telediarios desde que el coronavirus nos invade. Solo que cada vez que un velo más de mentiras se va retirando del rostro que simboliza el origen del virus, parece evidente que éste se originó en un laboratorio. Que su salida haya sido voluntaria o no es otra cuestión bien distinta.

Que China tenga que pagar una indemnización acorde con sus múltiples negligencias en la gestión del virus y su posible mala fe, otra muy distinta. Pero lo cierto es que ahora alabamos a la ciencia a diario por traernos la vacuna salvadora de un virus que la propia ciencia ha generado. Que es tanto como agradecer al político la solución del problema que éste ha creado.

¿Es la vacuna en verdad salvadora? La neolengua ya ha puesto en uso un término muy del gusto de los gerifaltes del Nuevo Orden Mundial: “vacunado no inmunizado”. El término viene a cubrir una realidad cada vez más presente: que los vacunados no están inmunizados contra el virus ni contra sus múltiples variantes. E incluso la vacunación temprana y deficiente que tenemos puede forzar al virus a crear mutaciones para sobrevivir. Países como Israel, Gran Bretaña o Chile se encuentran colapsados por culpa de la variante Delta.

España pronto lo estará, según las previsiones de todos. Y ninguna vacuna de aquellas de las que disponemos parece poder evitarlo. ¿Habrá que generar nuevas vacunas para las nuevas cepas? ¿Serán esas vacunas de aplicación cíclica igual que las que hasta ahora se han desarrollado? El negocio del milenio regentado por las farmacéuticas parece asegurado durante décadas. Y nuestros niños parecen estar condenados a ser sus clientes a perpetuidad.

Nos dicen que confiemos en la ciencia y que nos inmolemos por ella. Debemos suspender nuestras posibles reservas sobre la vacunación para poder adquirir el ansiado billete de una vida normal. Todo por nuestra salvadora: la ciencia. Pero obvian lo esencial: que también es nuestra ejecutora. El médico y el verdugo, a un tiempo.

Sólo que parece ser más eficaz para dar muerte que para evitarla, por el momento. Ante una vacuna experimental, de desconocidos efectos secundarios (¿lesivos?) a largo plazo y que no inmuniza contra el virus ni contra sus variantes, yo no pienso acallar mis dudas con una oración a la ciencia salvífica. Sencillamente, no me pienso vacunar. Sencillamente, no pienso olvidar.

Exigiré una vacuna con garantías para cuando los procesos habituales de maceración y desarrollo sean posibles. Exigiré la verdad a mis gobernantes sobre el origen y propósito del virus. En ninguno de los dos casos pienso ceder un ápice a la comodidad ni al supuesto bien común. Tampoco a una gran mentira formulada por publicistas y politólogos para la ocasión.

Quien antepone la inmunidad de borrego a su salud personal es un totalitario y un ingenuo. Quién está deseando olvidar para actuar como si nada hubiera ocurrido está condenado a recordar más allá de lo que su razón le permite comprender. Nadie escuchará mi voz cantando a la nueva religión.

No estoy dispuesto a sumarme al mantra.

Guillermo Mas ( El Correo de España )