El Mal es poliédrico y según la época histórica así adopta una u otra cara, la más idónea para la ocasión. Pero siempre, detrás de la carátula elegida, es el Mal quien acecha. Por eso resulta imprescindible aprender a defenderse del Mal. Ese ha de ser el objetivo de cualquier individuo, de cualquier doctrina noble, de cualquier grupo social solidario: adquirir conocimiento para librarnos de su maleficio, en favor del Bien.

Ya antes, pero sobre todo desde el felipismo, los Gobiernos iniciaron el desmantelamiento del Estado, sustituyéndolo. No sólo crearon feudatarios del poder económico e informativo, también infiltraron sus pócimas en las universidades, en los tribunales, en la cultura, en el arte y en el mundillo intelectual, pergeñando ideas y consignas y nombrando historiadores, ensayistas y filósofos, de forma que todo este conglomerado ha acabado transformándose en una red de poder, generadora del pensamiento único.

El PSOE, añadido al comunismo, a los separatistas, a los terroristas y a las terminales de todos ellos, más o menos definidas y más o menos anarquizantes e hispanófobas, constituyen hoy el Estado, y sus variopintos barones a sueldo se encargan de mantener la corrección política gracias al monopolio del sermón oficial.

Desde la impunidad más absoluta, el neofrentepopulismo imparte doctrina, reparte premios y castigos, justifica abusos, juzga con un solo ojo, analiza el día a día desde su olímpica poltrona y parasita la libertad y la democracia en nombre de ambas y del pueblo. Son sofisticados mandarines que trincan mientras comandan. Estos abanderados del Mal, estos cortesanos pragmáticos han ocupado las instituciones en beneficio de la secta. Con su sabiduría de casta, abren u obstruyen cauces y hacen florecer amiguismos y ostracismos a discreción, al margen de la razón y de los intereses de la patria.

Felipe González había prometido ochocientos mil puestos de trabajo. Y luego resultó que eran ochocientos o mil. Pero ni eso. Disparó el paro, como es norma en las izquierdas españolas de la mano de sus sindicatos. Las frecuentes regulaciones de empleo eran autorizadas previo pago de una cantidad por trabajador despedido que las empresas reguladoras ponían en manos de un sindicalismo izquierdoso felón. Y sin olvidar el «OTAN, de entrada, no», con la correspondiente entrega de España a los intereses de potencias extranjeras y multinacionalismos varios.

Teóricamente, la política económica de izquierdas consiste, resumiendo, en: a) Mayor igualdad social; b) Estructuración de la sociedad para que todos participen en la riqueza generada, sin que esta se acumule en grupos privilegiados y sin que se condene a la marginación a amplias capas de la población.

Frente a esta teoría política, los métodos democráticos acreditados por el PSOE y el resto de las izquierdas resentidas son, entre otros muchos y nocivos: a) La creación de pobreza y desequilibrio social; b) La obstrucción parlamentaria; c) La ocupación de las instituciones; d) El nombramiento por amiguismo; e) El favor ideológico partidista; f) La legislación sectaria y pervertidora; g) La información reservada y privilegiada; h) La resistencia ante la investigación judicial o, directamente, la corrupción judicial.

Por otra parte cuentan con un agitprop excelente, que consiste en un entramado de ardides de manipulación mediática basada en el conocimiento de la audiencia mejor de lo que ésta misma se conoce, y en el manejo tramposo del lenguaje. Con ese cimiento consigue que el pensamiento emocional suprima al pensamiento crítico: induce ideas, miedos, anhelos irracionales, comportamientos incoherentes y, conceptualmente, confusionismo masivo autodestructor.

Son maestros en crear problemas para fingir la proposición de soluciones; en desviar la atención de la masa con informaciones triviales, evitando que el auditorio se preocupe de los asuntos decisivos; en imponer aberraciones de todo tipo, de modo escalonado para evitar resistencias; en eximirse de responsabilidad, envileciendo insidiosamente al inocente y, en consecuencia, impulsándole a la depresión y a la autocensura; en trivializar la cultura y lo trascendente manteniendo a la sociedad en un permanente estado de lactancia, haciéndole creer que la vulgaridad y la nesciencia son los modelos a seguir. Son expertos en el hecho consumado y en adocenar, igualando a todos por lo bajo y soez, nunca puesta la mirada en un horizonte de libre conocimiento, dignidad y nobleza.

Han conseguido implantar progresivamente una serie de leyes pervertidas y pervertidoras y unas ideas o elementos socioculturales descarriados que se valoran como conquistas de la democracia. Desviaciones sexuales, doctrinarias, culturales y políticas, todas ellas antinaturales, anticientíficas y antihistóricas, que han implantado con el dinero de todos y con la ineficaz -hasta ahora- discrepancia de unos pocos. El hombre y la mujer pueden registrarse recíprocamente como del sexo contrario, la infancia y la juventud pueden ser sodomizadas y prostituidas oficialmente, legalmente, bajo el amparo de las instituciones, del rey abajo. La cultura y la historia, abolidas en su autenticidad, ahora son harapos de un pensamiento embrutecedor, para gloria de los sádicos y déspotas.

Políticamente, por ejemplo, España es un concepto tabú para muchos españoles que parecen ignorar que la palabra Hispania la emplearon los romanos; y, antes -Iberia-, los griegos, refiriéndose a un concepto muy claro de unidad peninsular, geográfica, en el extremo occidental de Europa. Algo semejante a la estupidez de decir Girona o A Coruña. Una incongruencia, más aún que un disparate. Señores, no sean ridículos: si me están hablando en español, ¿por qué determinadas palabras me las dicen en catalán o en gallego, etc.? ¿Por qué no decimos London, en vez de Londres?

Pero, incomprensiblemente, en vez de arrastrar por el fango a todos estos delincuentes y perturbados hasta conducirlos al manicomio o a la cárcel, son ellos los que nos gobiernan, porque existe un complejo de inferioridad hacia sus fulanos y sus agrupaciones, algo así como un pánico hacia los matones tabernarios, sin entender que siempre que se les ha enfrentado con firmeza han acabado huyendo con el rabo entre las piernas, al acecho sí, de una nueva ocasión, de un nuevo debilitamiento de los principios y del vigor sociales, para reinstalarse.

Resulta ininteligible, incluso misterioso, este temor a la idiotez ajena, a la estulticia malevolente, sobre todo cuando esta situación está relacionada con una actitud de mal afamado progresismo. Nos encontramos esclavizados, al servicio de concepciones sociales deformes, pero las toleramos como si esas monstruosidades que nos rodean fueran verdaderas maravillas. ¡Y todo en nombre de la democracia! ¿Estamos locos? ¿Ciegos? ¿Hasta cuándo aceptaremos como zombis el engaño de ver engalanado a un rey desnudo, o entender como democracia lo que no es sino engaño, arbitrariedad y exceso?

Sabemos que hay individualidades capaces de mantenerse al margen de esta farsa y de sus aspectos trágicos, pero la mayoría se encuentra desamparada frente a los medios de comunicación, frente a la continua aparición de supuestos genios; demiurgos cuyo único valor consiste en el cultivo de la excentricidad o del vicio: todas estas trampas y confusiones perturban a la gente sencilla o sensible, la desconciertan y la dejan más inerme de lo que estaba, pero son acogidas y absorbidas por la hez social y por la muchedumbre ignorante, cuyo voto es igual que el de la probidad y, en algunas provincias, superior incluso.

El caso es que esta mezcla incendiaria de capital-marxismo, con sus vesanias y sus sectas de sodomitas y de sátiros apestosos, se halla exultante en la actualidad, pues es sabido que cuanto más hediondas son las sentinas más a gusto se encuentran en el barco. Porque ya no es que pululen jueces venales y delirantes por las magistraturas patrias, también existen magistrados dedicados a liberar a los delincuentes para que con sus crímenes escandalicen a la sociedad ensangrentando las calles, como viene ocurriendo y acaba de suceder en La Rioja.

No sólo el frentepopulismo y sus excrecencias han llegado al límite. Lo vienen traspasando día a día con audacia y jactancia, dando con su criminal temeridad argumentos inexcusables para la defensa. Por eso, o aquí alguien, entre las elites patrióticas, se reserva una sorpresa para el corto/medio plazo, o este largo camino de casi cinco décadas emprendido por los liberticidas ya está a punto de llegar a ese lapso histórico en el que la persona como tal ha dejado de serlo. Respira, teme, se deja manipular genéticamente, usa bozal y obedece a los políticos a través de las televisiones de turno, sus medios de propaganda. Sigue manteniendo apariencia humana, pero es un mero bulto de carne sin dignidad ni capacidad de arbitrio.

O aquí alguien con poder material, institucional o moral abre urgentemente una puerta a la esperanza, como digo, o estas putas de la política que nos aherrojan llevarán a España y a los españoles a la ruina económica, moral, estatal y geográfica. Ya no queda tiempo para las charlas inoperantes. Las tertulias de los mass media identitarios, que los demontres conocen despreciativamente como «caverna mediática», no son sino bienintencionadas demoras hacia el objetivo primordial, en los mejores casos; o ejercicios de narcisismo, en los peores. El hueso está ya muy roído. Ya es hora de dejar de darle vueltas y pasar a la estrategia y a la acción reparadora.

No olvidemos que la Providencia elige a las personas para a través de ellas llevar a cabo su voluntad. Con toda la prudencia que se quiera, pero con obligada decisión y abnegada firmeza, es obligado sofocar la alarma roja. Y ello sin desestimar medios ni recursos, tomando como ejemplos otros períodos históricos, porque España está en peligro y, con ella, los españoles y la libertad. O eso, o el indigno silencio. O el milagro.

Jesús Aguilar Marina ( El Correo de España )