ALGO DE MÍ

Al mester de progresía español -dicho sea lo de español sin ánimo de ofender- no le sienta bien el nombre de Camilo. A Cela lo ningunearon a pesar de su sintaxis y de sus premios, de «La colmena» y del personaje de Pascual Duarte, de las vanguardias que se trabajó y de los libros de viajes donde plasmó la España que pasa y la que permanece en su esencia andariega.

Con Camilo Blanes, en las tablas y las portadas de los discos Camilo Sesto, le sucedió algo similar en los años 70, cuando el cantante arrasaba en las listas de éxito y en las discotecas, en los escenarios y en las tiendas de discos que se perdieron, en España y en América.

La izquierda, que pregona la solidaridad como su enseña junto a la igualdad, no ejerce ninguna de esas dos virtudes cuando el personaje en cuestión no es uno de los suyos. De Camilo Sesto se burlaban hasta la extenuación aquellos progreso setenteros que encendían los mecheros en los recitales de los cantautores que aburrían a las ovejas.

Camilo no era un cantante comprometido, y ahí estaba el pecado original del que nunca pudo librarse. La extrema derecha de la época quiso reventarle, con amenazas de bomba, su «Jesucristo Superstar»: cuando la ignorancia y el fanatismo van de la mano, el resultado no puede ser otro.

Lejos de amilanarse por lo que sucedía a su izquierda y a su derecha, el cantante alcoyano demostró una moral propia del equipo de su pueblo. Triunfó hasta unos límites a los que solo llegarían Julio Iglesias y Raphael, otros dos ídolos que jamás reconocerán los tribunos de la nueva inquisición cultural.

La muerte del cantante ha pasado desapercibida para el mundillo de la cultura oficial. Lo de siempre. Antes se decía que en España los muertos son como los toreros que triunfan: siempre salen a hombros. Ya ni eso se puede decir, porque pueden tacharte de asesino por la comparación, y porque los muertos ajenos no cuentan para los que se creen con la propiedad intelectual del intelecto.

Como las analogías y las comparaciones las carga el diablo, el presidente del Senado se destapa como un experto en la filosofía del copia y pega. Ya decía Eugenio d’Ors que todo lo que no es tradición es plagio. Don Manuel Cruz es, como buen sanchista, enemigo de la tradición, por lo cual sigue la línea de su mentor Sánchez en eso de apropiarse de las palabras de los demás.

El reparto de la riqueza llega a las oraciones simples y complejas, incluso a los paréntesis calcados. Lo ha demostrado Chicote en estas páginas con párrafos demoledores. Pero el catedrático Cruz lo niega, y asunto resuelto. Eso es lo moderno. El negacionismo del plagio propio y del valor ajeno que encarnaba Camilo Sesto.

A ver si el presidente del Senado le copia a nuestro Jesucristo Superstar el título de una de sus canciones más emblemáticas: «Algo de mí». A ver si así aparece algo suyo en los párrafos copiados literalmente. Y si no, que los ponga entre comillas y cite a su autor. Porque en esto del plagio que borda el socialismo sanchista, como escribió Camilo el de Alcoy, «siempre se repite la misma historia».

Francisco Robles ( ABC )