En estos tiempos de necesidad hay un sector de hombres y mujeres que no protestan y eso me mosquea porque me huele a gato encerrado, a miedo incontrolable, a exceso de amor propio o a mentira cochina, pero me rebela que haya gente de edad madura que lleve casi un año sin sacar a pasear su autoestima y sus atributos correspondientes.

El miedo a morir no puede ser tan grande como para que haya disminuido sustancialmente el ansia por pecar contra el único mandamiento de le ley de Dios que merece la pena transgredir como es el de desear la mujer de tu prójimo … o a cualquier otra que entre en ese epígrafe que conduce a los pecadores a la condena eterna en el infierno de los creyentes.

Entre el confinamiento que rebaja la autoestima de los encerrados, las medidas de distancia social que impiden oler el aroma seductor que a veces regresa a las calles, las mascarillas que tapan los labios que incitan a la trasgresión, y el ansia por vivir mucho tiempo, aunque sea enclaustrado y sin una alegría que regalarse a sí mismo, estamos dibujando con rasgos burdos y anti estéticos un panorama de renuncias añadidas que no son nada saludables.

Menos mal que he roto mentalmente la burbuja en la que nos tienen encerrados y sigo cultivando todos los días tramos de vida, de ilusión, de transgresión y pecado en la literatura que sigo escribiendo a la espera de la publicación de la novela que tengo entre manos.

Sé que es insuficiente intentar cambiar la imaginación por la vida real, y por eso me inspiro en recuerdos que fueron ciertos y que me hicieron vibrar, pero me conmueve y me preocupa la sensación que percibo entre personas a las que no conozco y que intentan suplir los contactos de piel por la artificialidad de los encuentros telemáticos en los que todo es aséptico, porque está protegido contra el riesgo de la verdad.

Hay varias formas de irse apagando, mucho antes de morir, y algunas de ellas tienen que ver con el miedo que reparten por decreto las instituciones que nos gobiernan, más preocupadas por nuestra obediencia a sus consignas que por nuestra salud y sobre todo nuestra libertad.

Muchas veces pienso en los negacionistas que no quieren ver las consecuencias reales de una pandemia que enferma y mata a cientos de miles de personas en todo el mundo, pero también reflexiono y simpatizo con algunas de sus quejas cuando denuncian el aprovechamiento intolerable de los gobiernos que limitan nuestras libertades, al tiempo que hacen lo que les da la gana cuando les conviene.

Los que por ahora hemos sobrevivido a la pandemia durante los últimos doce meses, hemos perdido libertad, afectos, alegrías, retos, abrazos, besos, sexo, o autoestima ciudadana, y todos esos valores están relacionados, porque la limitación del ejercicio de cualquiera de ellos es un hurto descarado de nuestra condición hombres y mujeres con derecho a intentar ser felices.

Diego Armario