ALGUNOS HOMBRES BUENOS

No sé si España necesita héroes o nos bastaría con gente más aseada y decente  que ponga en valor la sencillez de lo que es obvio, pero en ocasiones  nos visita la suerte y aparece un personaje al que le toca cumplir con su deber de forma impecable, y lo hace.

Más de una vez me he preguntado qué habría sido de este país si en momentos críticos de nuestra historia no hubieran estado, cargados de responsabilidad y coherencia, algunos personajes a los que luego el tiempo ha maltratado pero que en su momento fueron providenciales.

Ignoro que páginas se escribirán en el futuro sobre Don Manuel Marchena, Presidente de la sala Segunda del Tribunal Supremo, pero al margen de los elogios o de las críticas que le regalen aficionados o profesionales del a bote pronto, que son los menos reflexivos y los más frívolos, la historia recogerá sin adjetivos su acción jurisdiccional durante el proceso a los golpistas catalanes.

Lo más importante  de este proceso, en mi opinión, ha sido que España ha tenido un  poder constitucional del estado de derecho como garante de la justicia  mientras  el poder ejecutivo y el legislativo se han enfangado en maniobras irresponsables y en ocasiones rayanas en la indecencia y la ilegalidad.

Me consta que en todas las profesiones hay palomos cojos y ovejas negras, incluida la justicia, pero como Institución sigue siendo en democracia el último bastión  en el que podemos confiar.

José Luis Guarner, uno de los mejores críticos de cine que hemos tenido en España, decía que a Jack Nicholson le bastaron 20 minutos para dominar la película  “Algunos hombres buenos” en la que no hay ni un solo plano inútil,  y pienso que al juicio del procés no le ha sobrado ni una sola secuencia , ni ha estado de más ninguno de sus actores, porque si hubiera faltado alguno de ellos la historia se habría quedado coja e incompleta, aunque el que ha dominado la pantalla  ha sido Manuel Marchena, que se lo ha puesto muy difícil a quienes piensan recurrir al tribunal de Estrasburgo porque lo ha hecho de cine.

No se me escapa que el magistrado tiene también su club de detractores pero eso va en su sueldo.

Les confieso que  durante la celebración de este acto jurídico  de trascendencia histórica y repercusión internacional  le he dedicado casi todos los días unos buenos y largos minutos a escuchar lo que allí se decía, y mereció la pena.

Las sesiones el Tribunal Supremo han servido para que en cualquier lugar del mundo se vean en directo los aciertos y los errores, la profesionalidad de unos y el amateurismo de otros, las verdades probadas y la propaganda chusca, las mentiras elevadas a categoría de eslogan y las evidencias de una acción repudiable liderada por unos políticos de tercera regional carentes de dignidad y de arrojo, salvo uno: Jordi Cuixart presidente de Omnium Cultural, que en su alegato final dijo que no se arrepentía de nada y que volvería a hacerlo.

Tal vez Cuixart sea el único que merezca el respeto de quienes aún creen  en una Cataluña independiente.

Diego Armario