ALIANZAS INFECCIOSAS

Otra vez Cataluña. El letal coronavirus había logrado sacar al indepentismo de nuestro foco de interés pero Joaquim Torra, como un adolescente que necesita ser el centro de atención, no lo ha podido resistir y ha tenido que salir a buscar guerra con el Estado. Y lo ha hecho jugando con lo que un responsable público ni siquiera debería bromear: la salud de los ciudadanos.

Con su negativa a reforzar la «acción conjunta» de Estado y comunidades frente al Covid-19, el presidente catalán cruza otra línea roja de difícil perdón. Mofas del destino, ha resultado infectado. ¿Creía acaso que el coronavirus iba a distinguir entre catalanes y resto de españoles?

Es delirante que mientras el país entero se enfrenta a una crisis sanitaria de proporciones desconocidas y se desliza por el tobogán de una crisis económica, Torra se niegue a remar en la misma dirección que el resto de la nación. Es completamente inmoral hacer electoralismo barato mientras la mitad de la población se pregunta con agonía si estará ya incubando un virus que puede segar su vida o la de algún ser querido, y la otra mitad no duerme por si pierde el trabajo que le permite pagar la hipoteca y dar de comer a sus hijos.

Es, en definitiva, totalmente intolerable que mientras la congoja atenaza a los autónomos que se han quedado sin actividad, a las pequeñas y medianas empresas que ven la quiebra ante sus ojos, el presidente catalán entretenga a quien tiene que diseñar medidas para paliar el desastre económico amenazando con hacer, básicamente, lo que le venga en gana.

¿Cuánta paciencia cree el presidente de la Generalitat que pueden tener el resto de españoles? ¿Se lo ha planteado alguna vez? Si lo ha hecho, ya se habrá dado cuenta de que, en contra de lo que parece, puede que no sea infinita.

Quizás, por eso, en un brillante golpe de estrategia ha decidido hastiar al resto de España para ver si así, en vez de por referéndum, Cataluña consigue la independencia ¡porque el resto de ciudadanos le echen del país! Solo así podría tener cierta lógica que sea capaz de torpedear el avance común hasta en los momentos más críticos de una pandemia.

Que a nadie extrañe si en los próximos tiempos surge un partido que aboga por hacer un referéndum para expulsar a Cataluña de España. Que nadie malinterprete, estoy en contra de que nazca pero es una posibilidad que veo asomar en el horizonte.

Este último desafío de Torra debería servir a Pedro Sánchez de escarmiento. Una vez más el indepentismo catalán le humilla y le traiciona a la vista de todos. Hace algo más de un año el presidente de la Generalitat le avergonzó al filtrar las 21 exigencias que le hizo en Pedralbes. Poco después sus aliados de ERC le tumbaron los Presupuestos en el Congreso. Ya que no aprendió entonces debería hacerlo ahora cuando incluso su querido PNV le dejó en evidencia el sábado al plantar cara al estado de alarma. Sin embargo, no aprenderá. Ahí sigue gobernando mano a mano con todos ellos por gusto. Tiene la oferta del PP para tejer una alianza. Tiene también la de Cs. ¡Si hasta Vox le ha ofrecido sus votos para aprobar las medidas de contención del coronavirus!

A estas alturas el presidente del Gobierno ya debería haberse dado cuenta de que su aritmética de alianzas sigue el mismo patrón que el Covid-19: al principio no da síntomas de estar provocando una infección interna pero cuánto más tiempo pasa hasta entender que es letal, más daño causa y más difícil resulta detener su expansión.

Ana I. Sánchez ( ABC )

viñeta de Linda Galmor