AMOR Y ELECCIONES

Hoy toca hablar de amor (o así). Llevo una semana haciendo cábalas para descifrar la relación (affaire, amorío, romance o como quieran llamarle) entre Albert RiveraMalú, el político y la cantante que han puesto patas arriba sus respectivos intereses.

Una vez satisfecha la curiosidad del público (se han contabilizado un par de encuentros furtivos en el adosado que Albert Rivera compartió con su ex hasta poco antes de Navidad) se han desvelado los nombres de los amigos que han colaborado en el afianzamiento de la relación. Alejandro Sanz ha sido el que ha puesto más empeño, y eso que aún no ha empezado la exposición pública de la pareja.

Días atrás, un medio le preguntaba a otro: ¿perjudicará el noviazgo al líder de Ciudadanos? Y el otro contestaba al uno: a quien perjudicará es a Malú. Las razones, a continuación: si Rivera fuera cantante, su casa discográfica lo ataría corto. Pero si la cantante solo es ella, sus fans se entregarán sin reparos a calmar su tensión amorosa.

En política siempre han sido bien recibidos los noviazgos formales. Aznar, por ejemplo, gozó de merecida fama de casamentero porque metía la nariz en la vida privada de sus ministros. Tanto él como su señora ejercieron mucha presión sobre el entorno monclovita.

 Botella no paró hasta emparejar a ciertas amigas con amigos de Josemari. Y viceversa. Caso aparte lo constituyen algunos políticos perezosos con los que el presidente hubo de emplearse a fondo para casarlos. Aznar se ocupó personalmente de dos de ellos: Miguel Ángel Cortés y Mariano Rajoy. Miguel Ángel Cortés, Secretario de Estado de Cultura en el primer Gobierno Aznar, no necesitó mucha palabrería para dejarse convencer.

Fue dicho y hecho. Le presentaron a María Cristina (me quiere gobernar) y en cosa de nada contrajeron matrimonio y trajeron niños. Al cabo de dos o tres años la pareja oficializó su ruptura. María Cristina salió por pies y Miguel Ángel se quedó con los chicos.

José María Aznar también puso el ojo en Mariano Rajoy, que finalmente se casó con Elvira Fernández-Balboa, gallega como él y veraneante en Sanxenxo. El matrimonio hizo gala de discreción y también tuvo dos hijos que la cigüeña depositó en Barcelona.

Respecto a Rivera y a Malú, ya empiezan a funcionar las apuestas. Muchos no les dan ni tres meses. Qué quieren que les diga: exageran. Debería pedirse la intervención de Aznar, el casamentero. Malú y Rivera no sólo merecen conquistar el amor, sino las elecciones.

Carmen Rigalt ( El Mundo )