A nadie se le ocurre que el hablar sea un milagro, pero sí que lo sea en estos tiempos el hablar con sentido común, como si fuéramos capaces de razón, porque, a la vista de nuestros comportamientos ante los sucesos y actualidades, estamos tan sin ella, que escasa diferencia hay del bruto al hombre, aun siendo aquél irracional y éste, en teoría, racional.

Pocos parecen entender hoy que es más prudente vivir sobre aviso que esperar el aviso tramposo de nuestros actuales dirigentes. Ni que cada individuo, cada pueblo, cada sociedad, cada nación debe construir su propio camino, con la mirada puesta en un código de principios.

Las masas, en general, parecen esperar que alguien de entre sus gobernantes les dé carta de horro, que es la carta de libertad que se daba a los esclavos, sin caer en la cuenta de que, al contrario, cada vez les sujetan con más grilletes.

Lo evidente es que, cuando ni la rebeldía contra el mal ni el sentido común existen, nacen leyes ignominiosas, y que, según lo que se usa en estos tiempos, muy difícil resulta que un hombre de bien halle a quién admirar. En realidad, desde nuestra actual perspectiva, parece milagroso disfrutar de unos tiempos en que, con poderosa mano, se derribe a los soberbios y se alce a los justos y humildes.

Por mucho que se trate es imposible ablandar las piedras con manteca. Algo no va bien en una sociedad que va al gimnasio en coche para montar en una bicicleta estática. Persistiremos en ofender a nuestros clásicos, a nuestros héroes, a nuestros ejemplares logros universales, animados por los pergeñadores de la permanente «leyenda negra» con que tratan de estigmatizar y debilitar a España, nación poderosa por sus fuertes raigones cristianos y marianos, por su historia en general. Seguiremos prefiriendo el ritmo y la jerga apoteósica del rap, mejor que el Concierto de Aranjuez. Desecharemos las obras del espíritu para elegir los culebrones.

Porque las obras del espíritu se han reducido a la calderilla del culebrón, y la cultura consiste hoy en los programas televisivos de busconas, chulos y maricones, es decir, en la banalidad y el mal gusto.  Hoy día los intelectuales áulicos son funcionarios venales que buscan su consagración en la tele y la tele se convierte en amplificador de esta apoteosis de gallinaza corralera.

La tele: el nuevo fenómeno universal que suplanta el vacío dejado por la venerable idea de cultura que Europa gestó. Esta fruitiva complacencia en la gallofa como alimento del alma la resume Lyotard en una proclama patética: «Dejadnos jugar, dejadnos en paz». La paz que se reclama es la cultura anémica, el juego que se perpetra es la trama desoladora de un presente hipertrofiado de acontecimientos transitorios, abigarrado de emociones fungibles de usar y tirar.

Una sociedad inmadura, incapaz de crecer, porque crecer implica cambios, y a veces es difícil adaptarse a ellos. Una sociedad atenta a la bajeza vulgar de tantos famosos y de sus mentores que nos ofrecen por capítulos su humor grueso, su quincalla venérea y sus perversiones biográficas. Unos ámbitos artísticos e intelectuales, por los que vegetan mediocres o golfos de baja estofa, cultivadores del costumbrismo más chusco, del antifranquismo más costroso, agarrados a la teta del Estado frentepopulista.

Una turbamulta de subsidiados LGTBI, transexuales impermeables al pudor, viragos con los labios y las tetas infladas de silicona; presentadores, asesores, militares y políticos sarasas, orgullosos de sus depravaciones; lesbianas con callo de tiorras en la entrepierna e infectados de sida y viruelas simias, todas y todos gálicos hasta el hueso, que caminan por las avenidas como bultos ulcerosos, bombas genésicas prestas para la infección de las gentes de bien, o desprevenidas. Y a las que se culpa por no dejarse inocular las excreciones que los plutócratas del NOM, en forma de vacunas varias, han destinado para sus despreciados galeotes.

Lamentable sociedad ésta en la que la anécdota siempre atrae a más público que la categoría. Lamentable sociedad que cría a toda clase de monstruos y demagogos, ésos que hilvanan frases cuya importancia no reside en su significación, sino en la teatralidad de su efecto; oportunistas en cuyas palabras brilla la pose y el engaño, pues son muy pocos los empeñados en liberar a la verdad, comportándose con fidelidad a un código ético, a una tabla superior de valores.

Aunque recientes, nos parecen ya lejanos aquellos tiempos en los que se distinguían izquierdas y derechas, creyendo que estar con unos o con otros era estar o no con la libertad y la generosidad, con los sueños y las utopías. Hoy sabemos que la brutalidad y la inmoralidad son comunes y que, en nombre de la política y de las cosas, no existe distinción más allá de la clase de intereses que unos y otros persiguen.

Porque el problema de fondo no consiste en izquierdas o derechas, progresismo o conservadurismo. El problema es la ignorancia y la malevolencia, el interés y la esclavitud de la imagen y del espíritu, aunque sea a costa de nuestra consunción como seres humanos hechos de dignidad. El problema es el síndrome pueril, tras la alienación distribuida por los nuevos demiurgos; tanta comunicación y tan rica en medios para acabar en la forja del drama de las gentes irónicamente solas, extraviadas entre tantas palabras, tantos signos y tantas imágenes falsas.

El sectarismo y la malicia de los políticos de la casta, secuaces del NOM, ha dejado el campo libre a la más odiosa de todas las indiferencias, a la del descreimiento en la capacidad de la sociedad solidaria y democrática para vencer la amenaza de los desleales y violentos, aquella desesperación que no proviene de una terca adversidad ni del agotamiento de un combate desigual, sino de que ya no se conocen las razones para luchar ni si, cabalmente, es preciso luchar.

Un resentimiento apocalíptico puede ser discernido hoy en millones de individuos influidos por los señuelos de esta sociedad que incide más en los derechos de la ciudadanía que en las obligaciones, en el éxito que en el esfuerzo, en el libertinaje que en la abnegación. Este manejo de los sentimientos es susceptible de trocarse fácilmente en frustración. Y la frustración es la raíz del resentimiento.

Ante una sociedad así, el cielo debería haber mostrado su voluntad y haber lanzado su fuego instantáneamente, pero el cielo guarda silencio. Vivimos en malos tiempos porque no somos buenos. Por eso es preciso volver a una educación humanista, dirigida a igualar a las personas por arriba, respetuosa con los derechos del prójimo y enaltecedora del esfuerzo.

Pero, aparte de los cuatro luchadores de siempre, comprometidos con lo noble y sin más poder que el de su voluntad, ¿hay alguien ahí, dispuesto a andar el fragoso camino, remontando hacia la luz?

Jesús Aguilar Marina ( El Correo de España )