La Filosofía acaba donde empieza Dios, tal y como la humillación de la derrota termina donde empieza el Honor. Los españoles de hoy no lo entienden ni lo comprenden. No saben lo que es el Honor. Sin valor para combatir son una generación nacida para borrar su estirpe. Pusilánimes.

Antonio Tejero es el Honor. A los dos les traicionó la corrupción uniformada con los arreos de la política al servirse en la mesa del Poder. A Antonio Tejero le traicionó, además, el tiempo. Merecía un Alcázar, debía haber estado en Santa María de la Cabeza, haber formado con el Tercio Viejo de Zamora en Rocroi o en Baler… pero le destinaron al Congreso de los Diputados, esa lonja de banderas de conveniencia en la que España es mercadería de trueque y en la que la palabra de un hombre no gravita sobre su conciencia porque del Honor no queda ni el nombre.

Cumplió como los soldados de antaño, como la Fiel Infantería de Empel, como los guardias civiles del Duque de Ahumada, de El Alcázar y de Santa María de la Cabeza, como Churruca en Trafalgar, cuando el timorato almirante francés le preguntó, viendo que ponía vela y proa a Nelson“pero ¿a dónde vais?”, a lo que el marino español contestó: “al fuego, Villeneuve, al fuego”. Y al fuego puso rumbo el Teniente Coronel Antonio Tejero aquella tarde del 23 de febrero de 1981.

Al fuego en el que se cocía la traición antes de que Antonio Tejero se metiera en las Termópilas de la Carrera de San Jerónimo, pero no como hiciera Leónidas para propiciar una victoria que él no vería, sino para dar tiempo a la vileza que Tejero no sospechaba mientras, cumplida su misión, esperaba a los africanistas de las Columnas del Sur que traían en sus macutos los salvoconductos y las órdenes para acabar con ETA y con su hábitat natural, el separatismo solapado en la diáspora autonomica, en la taifa disolvente y en el cantón guerracivilista. No llegaron, no, los africanistas de las Columnas del Sur.

Llegaron las propuestas y las promesas de la traición solapadas de disciplina y de democrática exaltación, envueltas en añagaza, marinadas de trueque y aliñadas de apaño y componenda para maquillar el trágala y edulcorar la vileza.

En la conciencia y en el uniforme del Teniente Coronel Antonio Tejero sonó, como la corneta militar de Quevedo “le das fuerza de ley al aire vano”, la voz del más grande de los Africanistas (aquéllos que sí cumplieron con su deber y con su palabra empeñada en el juramento a la única Bandera por la que merece la pena morir) al despedirse de sus cadetes en el cierre de la Academia General Militar de Zaragoza“Recordad siempre que por encima de la disciplina está el Honor”.

Sólo puso una condición para entregar la plaza, eximir a sus hombres de toda responsabilidad y cargar él solo con las consecuencias. Con todas. La mañana del 24 de febrero de 1981, el Teniente Coronel Antonio Tejero salió del Congreso de los Diputados llevando en los ojos toda la tristeza por lo que jamás sería. Aún la lleva.

La tristeza que, como las espuelas de Don Quijote, solo son capaces de llevar los hombres de Honor.

Eduardo García Serrano ( El Correo de España )