APERTURA FRANCESA

La política de la posmodernidad ha atenuado el papel tradicional de los partidos. Casi todas las nuevas marcas europeas nacieron como plataformas sociales o civiles que se encaramaron sobre los escombros de la crisis para abrirse sitio. Así ocurrió con Podemos, Ciudadanos, la ADF alemana, el 5 Estrellas de Beppe Grillo o hasta con la lista de Puigdemont, que en materia de luces largas no es ningún prodigio; sólo Macron creó primero su proyecto personal, también apartidista, y luego lo apoyó en la estructura de un movimiento cívico.

A algo parecido aspira Manuel Valls en su peculiar desafío: una candidatura abierta en la que Cs se ha integrado sin sus siglas para tratar de arrebatarle Barcelona al nacionalpopulismo a través del indiscutible carisma de un paracaidista político que atesora el prestigio de haber gobernado Francia como primer ministro.

Valls tiene energía, experiencia, instinto, determinación y entereza. También tiene un ego sobresaliente que desborda su talla más bien pequeña, pero anda servido de coraje y de inteligencia y es la clase de tipo que sabe transmitir dinamismo y fuerza, como muestra el considerable dinero que en pocos meses ha recaudado sableando sin tapujos a influyentes capitanes de empresa.

La idea de presentarlo, sea de quien sea, es buena porque otorga al combate contra el nacionalismo una dimensión que trasciende fronteras y lo sitúa como lo que es: una cuestión clave para la supervivencia europea. Ése ha sido el acierto de Albert Rivera, capaz de posponer su propio liderazgo -a riesgo de crearse a sí mismo un factor de competencia- para dar primacía a una apuesta estratégica. En el éxito o el fracaso de esta peripecia incierta se ventila algo mucho más trascendente y de mayor escala que la alcaldía barcelonesa.

Es un enfrentamiento entre un modelo de exclusión y otro de convivencia. Y no deja de ser interesante, y pedagógico, que los valores constitucionales de la España moderna los defienda en Cataluña un republicano de nacionalidad francesa y de ideología fronteriza entre la tradición liberal y la del centro-izquierda. Exactamente la lección de concordia que el pacto de la Transición dejó como herencia.

Es natural que una aventura así suscite la desconfianza de los partidos clásicos. El PP, testimonial en Cataluña, se equivoca al no apoyarlo; el PSC también, con la añadidura de que se nota demasiado su alma filosoberanista y el miedo de Sánchez de incomodar a sus aliados. Valls, como Arrimadas hace un año, va a por el voto transversal de los constitucionalistas hartos, y lo obtendrá si sabe separarse de la influencia parasitaria de cierto ambiente maragalliano.

Pero si se queda corto habrá también en ese fracaso una cuota de responsabilidad del egoísmo cegato de unas formaciones ancladas en viejos cánones sectarios y que, a la hora de la verdad, se desentienden de las auténticas prioridades de Estado.

Ignacio Camacho ( ABC )