APLAUSOS

Viendo los telediarios, y antes de que empiece la parte importante -los sucesos, los deportes y el tiempo-, me llama poderosamente la atención cuánto se aplauden los políticos. Entre sí, se entiende, entre los que son del mismo bando.

Van llegando un líder político o una pléyade de líderes políticos, por así llamarlos, al estrado, para intervenir en un mitin, una reunión, un congreso o un algo del partido, y desde que pisan el recinto allá lejos, junto a la puerta, ya entran aplaudiendo. Por más estudiada que esté la conveniencia, desde el punto de vista de la imagen propagandística, de aplaudir y aplaudir, ser aplaudido y ser aplaudido, han tenido que desarrollar, creo, un tic nervioso. Tengo para mí que, cuando les suena el despertador por las mañanas, ya se ponen a aplaudir, antes de pisar la alfombrilla, a la oscuridad, y luego a su pareja, a la mesilla de noche, al armario, al pasillo y, finalmente, frente al espejo del baño, arrecian sus aplausos ante sí mismos.

En esas concentraciones que decía, aplauden al aire, aplauden al público que les aplaude, aplauden a los colegas que ocupan la presidencia del acto, aplauden a todo en general, aplauden a nada. Aplauden a nada porque todavía no ha pasado nada, porque todavía nadie ha dicho nada que merezca un aplauso ni que no lo merezca. Luego, por supuesto, cuando los líderes van soltando su perorata, serán interrumpidos por aplausos al colocar el dardo ingenioso contra el rival, la frase demagógica, el eslogan con ambición de tuit y de titular que les han condimentado sus cerebros grises en la sombra. A menudo, más grises que cerebros.

¿Por qué aplauden y son aplaudidos tanto entre sus partidarios? Tal vez sea porque no les aplaude nadie más. De sus adversarios no pueden esperar el más tenue aplauso, ya que el juego político desconoce la virtud de la ecuanimidad: lo que dice el rival, aunque esté medio bien, siempre está muy mal, siempre merece reprimenda o despecho. Un elogio al contrincante podría suponer un voto perdido para mí y un voto ganado por él. O muchos. ¡Qué vértigo! Nada de aplausos, pitos. El oponente jamás tiene una idea buena, ésa es la máxima que rige el comportamiento del político y del partido.

Los últimos barómetros dicen que los políticos y los partidos son el tercer problema (o el cuarto) que más preocupa a los españoles. Ningún líder (o casi ninguno) llega al aprobado, todos son suspendidos por el personal. ¿Entonces? ¡Aplausos!

Manuel Hidalgo ( El Mundo )