APOLOGÍA DE LA MENTIRA

Este Gobierno eleva la mentira a la categoría de virtud. Desde 2014, el discurso político del hoy presidente siempre ha buscado el sol que más calienta y una vez instalado en La Moncloa nos quiere hacer creer que todo lo dicho y hecho son cosas del pasado, a pesar de las contradicciones. Lo demostró el viernes la vicepresidenta del Gobierno:en una defensa ciega y sectaria de su jefe llegó a decir que Pedro Sánchez nunca consideró el golpe independentista como un delito de rebelión.

Menos mal que el periodista Juan Ruiz Sierra reaccionó rápido y le espetó la verdad:Sánchez dijo en mayo que «clarísimamente ha habido un delito de rebelión y sedición en España». «Pero entonces no era el presidente», respondió Calvo entre las risas de los periodistas y la incredulidad de miembros del Gabinete. Ella, sin embargo, se quedó tan ancha.

Ese argumento esconde una estrategia:Para este Gobierno, el presidente solo importa a partir de la moción de censura, y esto es así porque en él hay más «marketing» que política, lo que nos obliga a preguntarnos cuántos Sánchez hay y cuál es el verdadero:

– ¿El que en junio de 2014 se presentó ante los medios de comunicación como la opción liberal del PSOE, o el que pacta con el populismo para llegar al poder?

-¿El que en la moción de censura del pasado junio prometió convocar elecciones pronto o el que dijo dos meses después que su intención es agotar la legislatura?

– ¿El que se presentó a la americana en su proclamación como candidato en 2015 de la mano de su mujer y con una con una enorme bandera constitucional o el que defendió en febrero de 2017 el carácter «plurinacional» del Estado?

– ¿El que aseguró en septiembre que acudiría al Senado a responder por el escándalo de su tesis o el que en octubre se negó a hacerlo para «prestigiar» la Cámara Alta?

– ¿El que dijo en la campaña de las elecciones generales de 2015 a Rajoy que no era una «persona decente» o el que ahora en el Gobierno considera «crispación» cualquier crítica legítima de sus rivales?

– ¿El que en 2015 dijo que «si una persona tributara menos con una instrumental estaría fuera de mi Ejecutiva al día siguiente» o el que mantiene como ministro a Pedro Duque a pesar de que, cuando menos, eso fue lo que hizo?

– ¿El que defiende el lenguaje soez de la ministra Delgado en las grabaciones de Villarejo o el líder de un Gobierno feminista?

– ¿El que da orden de proteger a la ministra de Justicia negando toda credibilidad a esas grabaciones o el que da orden de utilizarlas cuando la afectada es Cospedal?

– ¿El que en 2017, en su primera medida como redivivo secretario general del PSOE, votó en contra el acuerdo de libre comercio con Canadá (CETA) o el que como presidente del Gobierno lo avaló ante Justin Trudeau en Montreal el pasado septiembre?

– ¿El que en febrero de 2018 no apoyó el nombramiento del español Luis de Guindos como vicepresidente del BCE o el que seis meses después considera «desleal» que Casado critique sus Presupuestos en Europa?

El problema de Sánchez no es que su pensamiento evolucione, o que él cambie de criterio, es que las raíces éticas que lo sustentan no son las mismas. O se ha dado la vuelta como un calcetín o es que nada es verdad:ni en lo político, ni en lo económico, ni en lo social.

En el actual presidente del Gobierno, y también en el hombre que fue antes de llegar a La Moncloa, casi todo es mentira, porque nada es verdad. En política es razonable cambiar de idea, incluso en algunos casos es hasta aconsejable porque uno no debe gobernar solo para su electorado. Pero solo hay dos formas de justificar un cambio de criterio:«No he cambiado yo, sino las circunstancias»; y «he descubierto que estaba equivocado».

Ambas opciones son plausibles y por supuesto honrosas. El problema del presidente del Gobierno es la pátina de incoherencia que impregna lo mucho que dice, con ese tono displicente, y lo poco que hace. Da la sensación de que nos toma por tontos.

Juan Fernández-Miranda ( ABC )