APRENDER A ODIAR

En España, admitámoslo, se odia mucho, pero mal. Por supuesto que somos muy capaces de despreciar con saña. Y, a la vista está en el Parlament (con o sin o), no tenemos reparo en dejar claro a la menor oportunidad la miseria moral de los neoliberales, el fariseísmo mendaz de la progresía, la desvergonzada irresponsabilidad de los antisistema o el silencio culpable del franquismo sociológico (y del psicológico). De la Transición, ni hablamos. Eso sí, de usar el libro de reclamaciones para poner una educada queja… Eso jamás.

Spinoza, siempre tan riguroso, se esforzó en poner orden geométrico a nuestras pasiones. Incluidas las de los catalanes. Pobre. Primero identificó las tres primarias y llegó a la conclusión de que sólo podían ser el deseo («el apetito acompañado de la conciencia del mismo»), la alegría («por la que el alma adquiere una mayor perfección») y, su contraria, la tristeza. Pero ahí no acaba la cosa, luego viene lo demás y es en este momento cuando aparecen en primer lugar el amor y, de su mano, el odio. El primero es «alegría acompañada por la idea de una causa exterior»; y su contrario, «tristeza acompañada de la idea de una causa exterior».

Más adelante, en el desarrollo de la segunda -esa pasión que se manifiesta por medio de la burla (cuando nos alegramos de la tristeza ajena) o de la envidia (cuando nos entristecemos de la alegría de los otros)-, el filósofo hace un apunte relevante: cuando el odio es vencido por el amor se convierte en un amor mucho más grande que si el odio no lo hubiera precedido. El odio puede ser útil. Llámenme idiota, u optimista, pero quiero creer que el espectáculo del miércoles, no es más que el preámbulo de una feliz celebración de la fraternidad después del desprecio. Tanto odio sólo sirve para fortalecer el amor. Lo dice Spinoza.

Y dicho esto, piensen que España llevará a los Oscar una película catalana, que es, además, fiel radiografía de la sociedad catalana. Su escena final celebra con una señera en la mano la integración de la niña protagonista con su nueva familia. Son demasiadas las señales. Aprendamos a odiar, como el mejor camino de alcanzar lo otro. Si no el amor, sí el respeto.

Luis Martínez ( El Mundo )