AQUEL PUENTE DE OCTUBRE

Los independentistas son menos de la mitad de los catalanes y el independentismo de «todo o nada» -o sea, Puigdemont, que cada vez se ve más forzado a sobreactuar, consciente de que su estela se apaga- son mucho menos de la mitad del independentismo y además están enfrentados entre ellos. Lo sustancial de lo que ayer pasó en el Parlament, más allá de la anécdota concreta, fue la rotura interna de Junts per Cataluña, que es lo último que quedaba por romperse en el independentismo.

La CUP hace tiempo que ha demostrado que la política no es su prioridad y Esquerra intenta encauzar al independentismo en los parámetros de la realidad y del pragmatismo porque por fin ha descubierto que no hay vida fuera de la Ley: como mínimo vida en libertad y pudiendo vivir en España. Roger Torrent declaró el martes en una entrevista que «no me veo en la cárcel», lo que tiene mucho que ver con que no se haya saltado la Ley ni una sola vez desde que es presidente del Parlament.

El PDECat, a quien Junts per Cataluña prepara una opa hostil este fin de semana, está bastante en la línea de los republicanos, y como ellos, no porque sean menos independentistas que las «cajun girls» de Puigdemont, sino porque tienen alguna ambición política más que la pura propaganda, vacía y estéril, del núcleo duro del fugado de Gerona.

La estampa que el independentismo dejó ayer no es la de una mera regañina sino la de un bloque incapaz de articularse políticamente, atascado en su laberinto estrictamente autonomista. La CUP, con su eterno acné. ERC, con su enésimo intento de ganar unas elecciones a la presidencia de la Generalitat. Y Puigdemont, con su desesperación porque la autonomía le pague los gastos y la vanidad.

Por mucho que las histéricas del otro lado quieran negársela, pocas victorias ha habido últimamente en el Occidente libre como la del presidente Rajoy en Cataluña.

Salvador Sostres ( ABC )

viñeta de Linda Galmor