Le han montado un aquelarre tuitero, con amenazas de muerte incluidas, al juez Manuel García-Castellón, que solicitó al Tribunal Supremo que investigase al vicepresidente Iglesias por tres posibles delitos. El aquelarre tuitero se ha desatado después de que algunos demagogos podemitas pintasen a García-Castellón como un lacayo pepero al servicio del «nuevo golpismo de la derecha».

Pero, ¡caramba!, para aceptar que García-Castellón es un lacayo pepero antes hemos de aceptar que los peperos son unos masocas tremendos. Pues García-Castellón se ha encargado de instruir todas las «macrocausas» que han dejado a los peperos hechos unos zorros, investigando a Esperanza Aguirre, enchironando a Ignacio González y, más recientemente, involucrando a Jorge Fernández Díaz en los sórdidos manejos del comisario Villarejo. Así que, mediante un birlibirloque rocambolesco, tenemos al juez que más golpes ha asestado a los peperos convertido en un peón del «nuevo golpismo de la derecha».

En diversas ocasiones hemos denunciado desde esta tribuna la corrupción de la judicatura, que en sus instancias superiores se ha convertido mayormente en una triste guardia de jenízaros al servicio de los negociados partitocráticos, encargadas de su promoción y ascenso.

Pero siempre queda, en medio de panorama tan desolador, algún juez intrépido capaz de arrostrar las iras partitocráticas, cumpliendo con sus obligaciones; y un juez que en apenas un mes ha tenido los redaños de aguar la fiesta a personajones de negociados adversos como Jorge Fernández Díaz y Pablo Iglesias es como un unicornio blanco encerrado en los establos de Augias. Esta es la verdadera razón por la que montan a García-Castellón un aquelarre tuitero.

Los jueces lacayos de los negociados partitocráticos no sólo no molestan, sino que son apacentados con mimo, más allá de que cada negociado quiera tener el mayor número cuando ocupa el poder, para asegurarse de que sólo incordien al negociado adverso. Pero un juez que incordia a ambos negociados se convierte en un peligro mayúsculo.

Desde Podemos han agitado el aquelarre contra García-Castellón, según dicta el manual del agit-prop tuitero, presentándolo delirantemente como un adalid del «nuevo golpismo de la derecha». Cualquier persona que no haya renegado de la nefasta manía de pensar se percataría de la tosquedad delirante de la maniobra.

Pero en las redes sociales acampa -citamos al siempre sembrado Salvador Sostres- «la carne amontonada, las afueras de Dios, el desolador inventario de lo invertebrado». Una chusma rabiosa que ha hallado en este vomitorio el ámbito idóneo para proferir impunemente las amenazas más canallescas.

Pero esta chusma rabiosa no nace por generación espontánea, sino que ha sido moldeada por demagogos que exaltan las pasiones más infames y las convierten en virtudes, vistiéndolas con el traje de gala de la ideología.

Detrás de estos títeres rezumantes de pus que hoy se revuelven contra el juez García-Castellón, instigándolos, manejándolos, azuzándolos, hay titiriteros que usufructúan la corrosión provocada por todo ese vómito, que «politizan el dolor», el fracaso y el resentimiento de las gentes a las que antes han arruinado material y espiritualmente.

Y estos demagogos se han lanzado a sacrificar a los unicornios blancos mediante la intimidación, para que la inmundicia lo inunde todo, para que las pasiones más infames puedan enseñorearse sin cortapisas de la vida pública, convertida en un establo de Augias donde la carne amontonada, el desolador inventario de lo invertebrado chapotea a gusto.

En esto consistía la llamada «nueva política».

Juan Manuel de Prada ( ABC )