AQUELARRES POPULISTAS

Quien no haya conocido la política antes de las redes sociales, no ha conocido la alegría de vivir. O lo que es igual: la alegría de vivir sin padecer la verborrea declarativa de nuestros representantes. Hemos vuelto a comprobarlo esta semana, con motivo de la desafortunada actuación del Tribunal Supremo en relación con el decimonónico Impuesto de Actos Jurídicos Documentados. 

Tan pronto como se hizo pública la rectificación del tribunal, se nos echaron encima las declaraciones altisonantes y jactanciosas que se han convertido en el modo habitual de comunicación de los representantes con el electorado. «Es un escándalo absoluto», empezaba Quim Torra su homilía. Y todos los partidos, sin excepción, se sumaban entusiasmados al aquelarre populista contra jueces y bancos.

Esto no es nuevo: en los años de entreguerras se repartían octavillas. Pero la potencia difusora de las redes sociales no tiene parangón y se beneficia del plus emocional que posee la simultaneidad: los mensajes circulan el cuerpo social como una descarga eléctrica. De ahí la asombrosa compresión temporal que caracteriza a estos episodios: cada día una Bastilla.

Así que en apenas unas horas se produjeron la decisión judicial, el ataque de los partidos políticos, el descontento ciudadano y la decisión del Gobierno de modificar mediante decreto-ley un tributo al que hasta ahora nadie había prestado atención. Ni un minuto para la reflexión o el matiz; solo un vórtice de indignación. Y no precisamente espontáneo: su formación no sería posible sin unos líderes dedicados a decir a los ciudadanos exactamente aquello que quieren oír.

Se objetará que no podemos llamar populista a todo, a riesgo de que no signifique nada. Pero populista es atacar al establishment -aquí jueces y bancos- en nombre de la voluntad popular. De paso, se introduce ese clásico ítem populista que es la crítica del saber experto y la consiguiente erosión de la separación de poderes. Se esboza así una democracia representativa con inclinaciones plebiscitarias, donde la aclamación multitudinaria se convierte en criterio legislativo.

Para los interesados en deslegitimar al Tribunal Supremo de cara a la sentencia sobre el procés, desde luego, la jugada es redonda. Y a quien proteste contra tales conatos iliberales podrá remitírsele a la frase de Pablo Echenique sobre la severa condena al autor de un poema satírico sobre Irene Montero: «No siempre se hace justicia, pero a veces sí». O sea: cuando él diga. ¡Solo faltaría!

Manuel Arias Maldonado ( El Mundo )

viñeta de Linda Galmor