La decisión de Argelia de dar por roto el Tratado de Amistad y Cooperación con España —suscrito en 2002— y de prohibir las reansacciones comerciales entre ambos países, el mismo día en que Pedro Sánchez daba explicaciones en el Congreso sobre el giro del Gobierno con Marruecos, no es casual ni anecdótico, sino grave para los intereses españoles.

Argelia era hasta ahora un socio esencial en el aspecto diplomático, pero sobre todo en el económico dada nuestra dependencia del gas de ese país.

Las nulas relaciones entre esos países y la pirueta de Sánchez respecto al Sahara casi medio siglo después de mantener un estatus razonable con ambos ha provocado una reacción airada de Argel con efectos inciertos, que en cualquier caso no auguran nada bueno.

El Gobierno negoció a oscuras con Rabat, cometió un error tratando en España de incógnito al líder del Frente Polisario, y terminó por encrespar al régimen marroquí.

Para resolverlo, se sometió al chantaje de Rabat y las consecuencias de momento son estas: menos gas, más caro y una diplomacia de bajura.

ABC