En honor a Víctor Barrios

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En honor a Víctor Barrios.

Solo hay buena o mala gente, y a casi todos los que son despreciables se les nota en la cara porque cada vez que tragan saliva sienten asco de sí mismos, aunque atribuyen esa sensación al último potaje que engulleron.
Durante años clasificábamos a la gente por razón de su ideología, su clase social, sus estudios, su origen, su género, orientación ideológica u opción sexual, pero la única clasificación válida que nos permite distinguir con rigor a una de otras personas es su calidad humana.
Siempre ha sido de esta manera hasta que, un tipo se inventó twitter y a partir de ese momento, muchos de los que vomitaban indecencias escribiéndolas en las paredes de los urinarios públicos, encontraron un hueco en la red de los 140 caracteres, se sentaron en la taza y se olvidaron de tirar de la cadena.
Cada uno de nosotros conoce a personas buenas, malas o regulares, a gente decente e indecente, a tipos con alma o desalmados, a individuos generosos y a seres despreciables, pero ésta era hasta ahora una información reservada al ámbito de un entorno social o laboral reducido.
Gracias a la puerta abierta que ofrece twitter los descerebrados, que solo podían comunicarse en la barra de un bar mientras se emborrachaban, han encontrado su oportunidad para vomitar sus sentimientos de frustración y de odio contra todo lo que quieren prohibir.
El individuo al que me refiero y no cito, no es una excepción. Sólo hay que pasear con la mirada los numerosos perfiles de gente que se siente orgullosa de exhibir su odio. Ellos son los verdaderos xenófobos porque no toleran lo que es diferente y con frecuencia desconocido.
Son mala gente y hacen daño a la ideología que dicen representar porque se puede estar a favor o en corra de los toros, pero siempre hay que situarse en el plano de la decencia y el respeto a quien no piensa de la misma forma. Yo no soy muy aficionado a la fiesta pero hoy, en honor al maestro Víctor Barrio, muerto en la plaza de toros de Teruel, mientras lidiaba al toro e Lorenzo, de 529 kilos de peso, me declaro taurino.
Diego Armario

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