PAPÁ DALÍ

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PAPÁ DALÍ

Lo mejor de los últimos tiempos en Cataluña es la exhumación de Dalí. El regreso de su calavera. Y el lío de su presunta hija ilegítima, una pitonisa de las que hurgan en los posos del café para vender una predicción de las que no se cumplen casi nunca. Bien está. La osamenta recuperada de Dalí en medio del fatigoso Procés da cuenta del show en el que estamos. Todo se reduce a la excentricidad de un extraordinario escritor dopado de surrealismos que volcó en la pintura unos gramos de genialidad y echó en la parafernalia de vivir el resto de su condición distinta.

Dalí fue un catalanista deslumbrado en coña por Franco. Un reaccionario de Figueras que quería estar en París, en Nueva York y después en Madrid, como un universal con barretina. Tenía por obsesión ingresar en la escudería del Museo del Prado. El suyo era un nacionalismo lunático muy gracioso, no como lo de ahora. Lo más a lo que se llega es al alcalde de Blanes, Lupiáñez, un socialista de Granada que confunde Dinamarca con el jardín de las delicias. Otra vez será.

Esquerra Republicana quiso tomar de rehén El gran masturbador en 2004. Una pieza sideral del mejor surrealismo daliniano que cuelga en el Museo Reina Sofía,porque el artista donó buena parte de su obra al Estado español. Eso fue muchos años después de aparecerse ante Louis Aragon con un esmoquin cubierto de vasos de leche, lo que delata que Dalí era, en el fondo, un realista que adoraba a Millet (el pintor, no el burlanga del Palau).

A Salvador Dalí lo reclama una hija tarotista. El mismo Dalí que emparentaba su actividad sexual con la de una ameba. No digo yo que no pueda ser lo de la pitonisa, porque desconozco el follar de las amebas, pero en principio no parece. Como tantas cosas en Cataluña. El mejor Dalí es el de su literatura. (Lo dijo él). Igual que el mejor Pujol es el de los boy scouts. (Esto no lo dice nadie, pero es una deducción lógica contemplando el albañal que trajo después). Mira si Dalí era catalanista que hizo cumbre como nadie en el arte de decir burradas. Incluso de hacerlas. Yo admiro mucho su capacidad de revocar cualquier protocolo lógico generando una escritura de altercados que tiene tantos hallazgos como sentencias graciosísimas. Dalí es uno de esos tipos que uno debe leer para enterarse después de que lo de Cataluña no es más que un tinglado aceitunado entre las transferencias bancarias y el asuntillo de la identidad.

Uno de los gestos geniales (y genitales) del artista lo cometió contra su padre, un severo notario de Figueras que observaba espantado las peripecias del hijo sin darse cuenta de que aquel alfeñique marcó una época del arte y de la publicidad. Al ser expulsado de la casa familiar, Dalí marchó a París tras el aroma ruso de Gala, su mujer. Ya instalado en la ciudad se masturbó muy de mañana, dispuso en un tubo de plástico el resultado de la gimnasia, lo metió en un sobre con la dirección de casa y añadió una nota de gratitud: “Querido papá, esto es todo lo que te debo. Tuyo, Salvador”. Es algo absolutamente audaz. Y radical. Y reivindicativo. Un nacionalista de sí mismo que, como tantos políticos, tuvo también una existencia de pancarta. Pero ellos no son Salvador Dalí, ni su fantasía llega a donde llegan sus manos.

Antonio Lucas ( El Mundo )

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