Asalto a La Moncloa

Relámpagos y granizadas. Han vuelto los resplandecientes rayos que sorprendieron a Lutero en el bosque y lo hicieron fraile. Estamos gobernados por la tempestad. La gaviota y los pájaros se esconden. Nos amenazan los árboles. En medio de los truenos la verdadera tormenta, como en el poema, somos nosotros. El que llega con chispas en las manos se llama Pedro Sánchez. Quiere echar a Mariano Rajoy de Moncloa y ponerse él sin encomendarse a nadie. O sea que huimos del relámpago y volvemos a la tormenta. Mañana llegará al Congreso un político sin escaño, y así como en el Capitolio el presidente de Estados Unidos carece de sitio para sentarse, así el secretario general del PSOE tendrá que sentarse en su sombra. Cuenta Manuel Sánchez que lo pueden colocar junto a las taquígrafas; mejor suerte correrá que Hernández Mancha que lo llevaron al rodal de los compañeros de partido.

En el Congreso de los Diputados se va a celebrar la ceremonia, una catarsis o una becerrada cuando los leones de Ponzano, que han visto pronunciamientos y tiroteos, ya no está claro que sigan guardando la soberanía nacional atacada por los últimos enemigos. Lo importante hoy es el espectáculo. Cuánto perdería Madrid la temporada en que en San Jerónimo, cerca del Cristo de Medinaceli, no fuera la corrala de las resplandecientes funciones de elocuencia y derribo. Esta moción de censura y acuchillamiento político está en el aire. No sabemos quién va a ser estoqueado a la sombra de Sagasta. Todo está en las manos del PNV. Si ese partido decide echar a Rajoy, los otros partidos nacionalistas seguirán su ejemplo. Hay alguna posibilidad de que Sánchez gane en San Jerónimo, pero eso no quiere decir que llegue a pisar el palacio de La Moncloa, porque si lo intentara, Rajoy tiraría la túnica antes de que se la agujerearan.

Me dice un diputado del PP: «El éxito de la moción de censura significaría apropiarse con sucios métodos de la casa de otro». En este caso de un palacio. El político sugiere una usurpación, como si la política no fuera una conspiración permanente de okupas de palacio, incluso en democracia. Acuérdense de la correspondencia entre Maquiavelo y Francisco Vettori, embajador de Florencia ante el Sumo Pontífice. En una de las cartas, Maquiavelo le cuenta a su amigo y protector que se dedica a cazar tordos y a jugar a la cricca con un carnicero, un molinero y dos panderos, pero a la noche cambia de ropa y se viste con paños reales y pontificios porque está escribiendo un opúsculo que llamará El príncipe. Vettori le contesta diciéndole: «No olvides que todo poder tiene su raíz en la usurpación».

Raúl del Pozo (El Mundo )