ASESINATO, SIN ADJETIVOS

Nunca los adjetivos resultan tan accesorios como cuando se opina sobre un hombre asesinado. Un hombre asesinado es alguien a quien un criminal adjudica la sustantiva condición de víctima, y la opinión pública debería partir siempre de ahí antes de despeñarse por el barranco de los adjetivos, los matices atenuantes, las adversativas inmorales. El asesinato de Víctor Laínez, el vecino de Zaragoza presuntamente golpeado por la espalda hasta la muerte por un radical de izquierda al que no le gustaron los tirantes rojigualdas de su víctima, no admite gradaciones en la condena en función de adscripciones ideológicas.

Tampoco equidistancias que diluyen el suceso concreto, como esa a la que recurrió Pablo Iglesias -“Condenamos cualquier tipo de violencia”- preguntado por el presunto asesino, Rodrigo Lanza, con cuyo entorno el propio Iglesias, Ada Colau o Zaragoza en Común mantuvieron contacto en un clima de afinidad que hoy se revela indeseable.

Una sociedad madura, que lleva en la memoria el fratricidio para no repetirlo jamás, debería ser capaz de expresar la misma indignación ante la violencia extremista de todo signo. Ponerse a escrutar la militancia política de la víctima es lo que durante años los cómplices ideológicos murmuraron tras cada atentado de ETA: “Algo habrá hecho”.

Pero ni llevar tirantes con la bandera ni pertenecer a un grupo motero ni tampoco sentir simpatía por Falange justifican una sola agresión, no digamos ya una paliza mortal. Que se haga justicia en los tribunales y autocrítica en cierta izquierda. De la cloaca digital ya no esperamos tanto.

El Mundo