Rafa Nadal aumentó en París el crédito que merece para ser considerado como el mejor tenista de la historia y uno de los más eminentes deportistas de todos los tiempos. Su decimocuarto Roland Garros, conseguido tras derrotar al noruego Casper Ruud en tres sets, supone que ya aventaje en dos Grand Slam a Djokovic (al que este año derrotó en la arcilla parisina en cuartos de final) y Federer, sin duda dos grandísimo campeones cuya excelencia hace aún más sobresaliente la carrera deportiva del campeón español. Son ya 22 grandes, 36 Masters 1.000, un par de oros olímpicos y cinco Davis, entre otros triunfos.

Su palmarés resulta abrumador en una carrera profesional que comenzó con 16 años y que casi dos décadas después sigue desbordando el mismo entusiasmo que el primer día.

Siempre ejemplar dentro y fuera de la pista, no se le conoce a Nadal un gesto inadecuado, un menosprecio a un rival, el más leve indicio de soberbia o altanería que otras estrellas del deporte presentan como flaqueza personal. Parece un tipo normal.

Por eso, y más allá incluso de su excelencia deportiva, Rafa es un orgullo para España, un deportista que ha conseguido tener detrás a todo un país, que es consciente de ello y que se emociona cuando, por ejemplo, suena el himno nacional en París porque sabe que detrás de esas notas está la alegría de 47 millones de españoles.

Pero la leyenda de Nadal abarca mucho más, se ha viralizado por todo el planeta y ya es absolutamente global la admiración que despierta aquel muchacho que hace veintitantos años soñó con ser el número uno y que, desde entonces, no ha dejado un día de trabajar para mejorar lo que hace tiempo que parecía inmejorable.

Y más aún si tenemos en cuenta que la senda de la victoria ha estado plagada de lesiones desde el principio, contratiempos graves que quizá a otro deportistas les hubieran hecho abandonar con las vitrinas atestadas de triunfos y un lugar en el olimpo de los campeones.

Desde hace años, no sabe Nadal lo que es jugar sin el dolor que le produce una lesión crónica en uno de sus pies.Y es en la fuerza mental, en ese no rendirse nunca, en ese saber ganar y también saber perder cuando toca, donde Nadal pavimenta su camino hacia el triunfo. «Voy a seguir luchando», dijo ayer tras levantar otra vez la Copa de los Mosqueteros.

Y ese es también el legado que deja como ejemplo a seguir dentro y fuera de las pistas. Hablamos de un deportista formidable, de un ser humano hecho de una pasta extraordinaria, del asombro de todo un planeta y del orgullo de un país.

ABC