AUTOPSIA MORAL

Qué lejano está el día en que, tras el crimen de las niñas de Alcácer, la sociedad española censuró el despliegue sensacionalista y truculento de una televisión con un veredicto unánime de reproche y desprecio. Entonces el populismo -político, informativo, social- era una entelequia impropia de un país que aún se tenía a sí mismo por serio. Hoy es el momento en que tras cada suceso de cierto impacto se desencadena una oleada de agitación escabrosa, oportunismo insano y morbo histérico.

Nada que deba sorprender en las redes sociales ni por desgracia en los medios, acostumbrados los unos y las otras a nutrirse de la basura de los vertederos, pero sí en unas élites capaces de convertir la carnaza efectista en materia de un debate en el Congreso. Debe de ser que el progreso intelectual de la posmodernidad consistía en esto: hacer política con el dolor ajeno, periodismo con despojos sangrientos, justicia con juicios paralelos. Construir estados de opinión pública con primarias hipérboles de trazo grueso. Levantar pretensiones de liderazgo sobre el sustrato más primario de los sentimientos.

Cómo abrir paso, en este clima de alboroto desaprensivo, a la certeza de los datos fríos. Por ejemplo, el de que España es el segundo país más seguro de Europa en términos de tasa de homicidios. O el de que 2016 fue el año, desde que se mide la serie histórica, con menos crímenes imputables al machismo. Hay una mujer muerta en Huelva y el resto de las mujeres se siente con más o menos lógica en peligro; pero ningún líder público intenta aplacar la alarma y el miedo con un mínimo de rigor objetivo.

Por el contrario, todos se suman al ruido y explotan la emotividad social con vergonzoso ventajismo. Eslóganes fáciles, consignas demagógicas, minutos de silencio y horas de griterío sobre la prisión eterna o sobre la culpabilidad intrínseca del género masculino. El empeño de atribuir al mal la ideología del enemigo. Y en medio, la estomagante diatriba de las redes y el espectáculo insomne del circo periodístico, el frívolo retrato psicológico del asesino, la autopsia moral de la víctima, el testimonio intrascendente de los vecinos. Todos forenses, todos jueces, todos testigos. Y una desoladora ausencia, un árido vacío de cautela, de raciocinio, de serenidad, de equilibrio.

Y sobre todo de respeto, de delicadeza. Porque esa chica de Zamora merecía, y aún merece, una deferencia mayor que la empatía genérica y mucho más que la apropiación indebida y sesgada de su trágica peripecia. Merece que su vida arrebatada quede al margen de cualquier manipulación torticera. Merece que su cadáver no sea tironeado como objeto de polémica. Merece que nadie hable en su nombre ni lo utilice como bandera. Porque entre quienes alegremente dicen que son Laura Luelmo y ella existe una elemental, definitiva y categórica diferencia: que los demás están vivos y Laura muerta.

Ignacio Camacho ( ABC )