La llamada revolución sexual, siempre de mano de la izquierda, tuvo su punto de inflexión en los 60 y puede deducirse que ese movimiento nocivo encontró en los Estados Unidos su posible marco de inicio e impulso con la aprobación de la píldora anticonceptiva y fue incentivado por una nueva energía de los movimientos feministas y de los mal llamados derechos civiles.

A partir de ese momento la sexualidad empezó a celebrarse como si antes los seres humanos no conocieran los resortes naturales y tuviera que venir la progresía a darnos lecciones, convirtiendo lo natural en fomento de la inmoralidad y la basura. Conceptos temáticos que van desde la normalización de la pornografía al aborto o al natural trato de la homosexualidad de ambos sexos, fueron los temas elegidos para pudrir las mentes de las gentes. 

Esta ideología también se extendió por toda Europa, teniendo uno de sus focos más activos en la Francia del existencialismo y la revolución del mayo del 68. La letrina intelectual encabezada por Jean-Paul Sartre y la inefable Simón de Beauvoir eran altavoz muy activo de todo tipo de barbaridad ideológica en la que cabía cualquier manifestación de inmoralidad, incluida la pederastia.

Toda esta porquería mal llamada progresista no tuvo incidencia notable en nuestra Patria y no la tuvo porque el muro fronterizo de los pirineos no solo era un muro rocoso, era un muro de ideas incompatible con tanta iniquidad.

El conocido lema de «la lucecita del Pardo» no era palabra hecho. No era ninguna broma. El régimen de Franco cuidaba muy mucho la temperatura moral de su pueblo y sobre todo de la infancia y juventud. Todo tipo de droga, tanto física como ideológica, estaba perseguida y castigada con dureza.

Franco y su régimen detuvieron sin ambages todas las olas de peligro moral que desde una izquierda fuera de nuestro territorio, cobardemente agazapada, esperaba la desaparición del Caudillo para entrar a saco con sus políticas de infame sectarismo y mierda.

Lo de que una cajera de supermercado acabe como miembro de un gobierno en otros tiempos sería impensable. Que encima de toda la desvergüenza y con el dinero de todos y desde un ministerio inventado proyecte leyes para pervertir y destrozar a nuestros jóvenes, es un hecho que a nadie le importa y además nadie va a la puerta de su puticlub ministerial en la calle de Alcalá para como poco iniciar una protesta con todas las consecuencias de dureza ciudadana.

Esta individua es un peligro. Que el libelo del periódico, El País diga que la barragana no ha dicho lo que todos oímos no me sorprende. Que ellos, putas de papel, pagados desde la ignominia de un poder político regado con dinero para que sigan con ese trabajo nauseabundo desde hace ya demasiado tiempo, no debe extrañarnos nada. Mucha culpa de su supervivencia, no hay que olvidarlo, se lo debemos a la nefasta Soraya Sáez de Santamaría y a su jefe, Rajoy.

Que esta cochambre política que padecemos está en fomentar la pedofilia es algo que forma núcleo dentro de su propia esencia y ser. La izquierda se mire como se quiera mirar es pedófila y no porque una burra analfabeta lo diga además en sede parlamentaria.

Nadie, dentro de sus ámbitos de propaganda, dirá nada y por descontado que no será cesada porque el que tiene esas atribuciones para mandarla a su chalet piensa igual que ella y además todos sabemos quién controla la justicia, ¿verdad?  

Niñas prostituidas en Baleares. Escándalos sexuales en Valencia. Putas y cocaína pagada con dinero de los ERE en Andalucía. Esta es la izquierda de Irene Montero, pero que nadie dude de que recibirá su castigo.
Tendrá que encontrarse con quien sentenció «Ay de aquel que escandalice alguno de estos pequeños más le valiera que le ataran una piedra de molino de las que mueve un asno al cuello y se ahogara en lo profundo del mar» y sin duda será condenada. Pagará por todo el daño hecho. Seguro.
Alejandro Descalzo ( El Correo de España )